Artículos literarios de Antonio Cruz Casado

Someros relieves de estudio y erudición. "¿Pensarán vuestras mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro?" Miguel de Cervantes, Quijote, II, prólogo

Name:
Location: Lucena, Córdoba, Spain

Catedrático de Lengua y Literatura Española

Monday, September 11, 2006

El ángel de Sodoma: el contexto literario homoerótico en la época de Federico García Lorca

© Antonio Cruz Casado

EL ÁNGEL DE SODOMA: EL CONTEXTO LITERARIO HOMOERÓTICO EN LA ÉPOCA DE FEDERICO GARCÍA LORCA.

Los numerosos estudios publicados sobre la vida y la obra de Federico García Lorca se han ocupado prácticamente de casi todos los aspectos susceptibles de análisis, dando origen a singulares aportaciones que en determinadas ocasiones sirven para aclarar cuestiones textuales y en otras ponen de relieve datos y actitudes vitales que pudieran iluminar algún detalle biográfico o literario.
En algunas ocasiones se ha pretendido una comprensión de la obra lorquiana dentro de unos parámetros estéticos y vitales procedentes de la tendencia homosexual que, al parecer, practicaba el poeta (1), interpretación que parece forzar en muchos casos el sentido de la creación literaria del escritor granadino. Son, al menos, tres libros los dedicados al tema: Federico García Lorca. L´homme, l´oeuvre (1956), de Jean-Louis Schonberg (2) , Lorca: the Gay Imagination, de Paul Binding (3) , y, especialmente, las aportaciones de Ángel Sahuquillo, surgidas a raíz de su tesis doctoral, Federico García Lorca y la cultura de la homosexualidad, presentada en la Universidad de Estocolmo, en 1986, que se han concretado por el momento en dos publicaciones, un adelanto de sus conclusiones, en el número 20 de Cuadernos El Público, 1987, y la versión ampliada de la tesis, en 1991, titulada Federico García Lorca y la cultura de la homosexualidad masculina (Lorca, Dalí, Cernuda, Gil-Albert, Prados y la voz silenciada del amor homosexual) (4) . A éstos estudios de desigual validez e importancia, se pueden unir algunos artículos, como los de Daniel Eisenberg, "Unanswered questions about Lorca´s death" (5) , 1991, y "Lorca and censorship: the gay artist made heterosexual" (6) , que insisten en cuestiones relacionadas con el tema que nos ocupa. De atenernos a los textos conocidos de García Lorca, encontramos asuntos que pudieran considerarse abiertamente homosexuales en su obra de teatro El público (7) y en los llamados Sonetos del amor oscuro, a los que se pueden añadir las noticias que tenemos sobre otras obras teatrales, quizas escritas parcialmente pero que no nos han llegado hasta ahora, como La bola negra y La destrucción de Sodoma. En La bola negra se trataría de un joven homosexual al que prohiben la entrada en el restringido círculo social de un casino provinciano (8) , en tanto que en el drama La destrucción de Sodoma se intentaría una recreación bíblica del conocido episodio de Lot y sus hijas, y de él ha quedado una escena; en una de las partes actualmente perdidas (9) los hombres de Sodoma piden a Lot que deje salir a los ángeles aposentados en su casa para que los "conozcan", empleando este término con el sentido erótico carnal característico del libro sagrado. En conjunto, nos parece que no es excepcional la expresión literaria de esta tendencia sexual, con relación a la restante obra lorquiana, y que, en último término, hay que considerar la cuestión sólo un dato más, que viene a integrarse junto con otros en la compleja y rica personalidad artística de Lorca.
Sin embargo, no es ajeno el mundo literario hispánico de principios de siglo, de los felices años veinte o "belle époque", a la aparición del fenómeno homoerótico (10) , como lo demuestran diversas novelas de entonces y sus curiosos cultivadores, entre los que se encuentran Álvaro Retana (11) y Antonio de Hoyos y Vinent (12) . Las memorias personales de aquellos años nos hablan más o menos veladamente también de otros practicantes de la misma tendencia sexual, como Jacinto Benavente o el dibujante José Zamora.
De esta forma, podemos espigar algunas referencias al tema en un libro tan proclive a las anécdotas cercanas al chisme como el de las memorias literarias de Rafael Cansinos-Asséns (1882-1964). Por cierto que es posible localizar alguna valoración positiva de la murmuración, tal como se ve en alguna de las novelas de la época; en este sentido, Hoyos y Vinent, en su traducción de Las frecuentaciones de Mauricio, de Sindley Place, afirma, recurriendo a una agudeza irónica, cercana a Wilde: "El chisme es mucho más interesante que los monumentos de una ciudad, la historia de un pueblo o los periódicos baratos. El chisme sobre cualquier detalle interesante de la vida privada es todo el encanto de nuestras existencias. El siglo XVIII estaba poseído de ello; ha sido el socialismo y la Prensa moderna los que lo han matado..." (13) .
Cansinos recoge bastantes anécdotas centradas con frecuencia en el novelista Antonio de Hoyos y Vinent, conocido practicante de los llamados misterios de Sodoma, al que va unido habitualmente alguno de sus amigos, Luisito Pomés o el dibujante José Zamora, igualmente invertidos. En alguna ocasión estos personajes aparecen intentando convencer a algún torerillo: "Antonio de Hoyos, el esteta, que gasta americana entallada y zapato de tacón alto, destaca su larga figura ante las ventanas del café Levante, y coquetea con unos torerillos, haciendo gestos y visajes y jugando, femenilmente, con la cinta de su monóculo [...]. Finalmente el éxito corona su gestión de catequesis. [Luisito] hácele unas señas al amigo, éste sale de su apatía y ambos, llevando en medio a un muchachito imberbe, de aire toreril, montan en un coche y se alejan" (14) . Por cierto que esta "Estampa decadentista en la Puerta del Sol", como la titula Cansinos, quizás haya servido de inspiración a Luis Antonio de Villena, que con frecuencia ha presentado el tema homoerótico tanto en su poesía como en sus narraciones, al componer su relato "Capriccio" (Relato de una noche madrileña), (15) en el que se nos presenta a Hoyos y Vinent y su aventura con un torero joven, relación en la que se mezclan el sexo y el sadismo; en el cuento el aristócrata español aparece unido a otro escritor de parecida tendencia, el inglés Ronald Firbank.
Tan característica llegó a ser la peculiaridad sexual de Hoyos que, mediante el recurso a la misma y la referencia a algunos rasgos de su aspecto físico, fácilmente reconocibles, pasa a convertirse en personaje de algunas novelas de Retana; incluso se oculta tras el personaje de Honduras en Troteras y danzaderas, de Pérez de Ayala, presentado allí como "un hombre deslavazado, rubicundo, rollizo y muy alto, noble por la cuna y novelista perverso por inclinación" (16) , al que se atribuyen estas apreciaciones inequívocas, en una conversación sobre toros y toreros: " - ¡Ay, no te sofoques -replicó Honduras, riéndose y culebreando con la cintura. Luego, haciendo alarde de desenfado y cinismo, añadió en tono equívoco: - Si yo también me perezco por los manolos... La cuestión en que Alberto sostiene que Toñito es el primer torero del día, y yo replico que el torero que más emoción da es el Espartajo. Aquella palidez morena... y, sobre todo, la erección que tiene al torear... Hay que verle armarse, cuando se echa la escopeta a la cara..."
Cansinos ofrece muchas más noticias sobre Hoyos; así se hace eco de su caída en las escaleras del metro, concretamente en la estación de la plaza del Progreso: "Pero por haber ocurrido precisamente de noche y en esos aledaños de los barrios bajos, en esa plaza del Progreso, donde siempre pululan golfos y maleantes, y donde el conocido homosexual tiene su campo de operaciones, la gente forja una leyenda en torno al suceso, dando como seguro que Antonio de Hoyos fue objeto de una agresión por parte de algún chulo rebelde a su catequesis o deseosos de sacarle dinero" (17) . También Retana, otro escritor de acentuada ambigüedad, aparece fugazmente en las amenas memorias de Cansinos-Asséns: " - ¡Aquí nadie se entera de nada! -encarece Dieguito-. Ya ven ustedes... Esa Claudina Regnier les hizo creer a todos que era una mujer y luego ella misma, es decir él, ha confesado que es un tío, si no con toda la barba, por lo menos con su bigotillo... Álvaro Retana..., ¿eh, qué tal?...
- Bueno -ríe Francés- algo había de verdad en el seudónimo, pues resulta que el tal Retana es un semi-hombre o una semi- mujer...
- ¡Un sarasa! - dice claro Maruja.
- ¡Oh! -se escandaliza Colombine-. ¡Qué plaga de invertidos!... ¡Qué asco! Yo los mandaría a todos a una isla desierta... Se escudan en Wilde y Benavente..., pero si tuvieran su ingenio... Son simplemente unos pedantes como Baeza... Ramón, tú, por mi gusto, no irías a esa tertulia... No debías tratar a esa gente... Te desacreditas" (18) .
De las tertulias mencionadas por Cansinos en el fragmento anterior y frecuentadas por homosexuales nos ha dejado un buen retrato, en el que aparecen rasgos literarios deformadores, que evocan en ocasiones a Quevedo y al Valle de los esperpentos, José López Pinillos, "Pármeno", en una novela, El Luchador (1916), en la que son reconocibles algunos de los habituales del mundo cultural de la época. "En el mismo café, pero en otro turno, se reunía la patulea hedionda de los invertidos. Presidíalos un hombrachón acaponado, autor de poesías prostibularias, con los ojos como dos goterones de pus, la boca de mozcorra y la mirada de pelandusquilla, que citaba continuamente a Walt Withman, Tennyson y Longfellow, y que, cuando mentaban a Oscar Wilde, se relamía con estremecimientos de histérica. Le acompañaban generalmente donceles andróginos, efebos de talles adamados, "mignones" nalgudos que se pompeaban al andar y chulillos de pupilas fuliginosas, que, alquilando su virilidad, explotaban la perversión de aquellos cazoleros.
De tarde en tarde acudía al café y honraba promiscuamente con su conversación a las dos tertulias un mocito lánguido, vaporoso, quebradizo, que tenía la mirada indecisa y el gesto borroso y de una expresión inquietadora. Llamábase Luis, era hermano de Emilio López de Paredes, político de gran influjo y poderoso industrial, y gastaba locamente el dinero, y mezclábase en empresas de moralidad más que dudosa, y se exhibía junto a sujetos que estaban abocados a perder la reputación o que ya la había perdido. Luis, idólatra de Baudelaire, de Verlaine, de Lorrain, de Mirbeau, escribía versos "delicuescentes" y publicaba cuentecillos inspirados por una lujuria cerebral de impotente - que él creía que obsesionaban y sólo producían repulsión-, a los que procuraba darles un sentido arcano. Ciertas noches encerrábase en un mutismo de esfinge y se aburría con la austeridad de un fakir; pero otras, algareando con los más algareros, proclamaba que sus poesías, gemas portentosas de un mago del ritmo, tenían una suprema plasticidad y un poder increíble de evocación, y después de recitarlas, alfeñicándose con el olor mirrino de la adulación, caía en éxtasis beatos" (19) .
Por otros caminos, un poco menos deformados por la perspectiva literaria, encontramos también noticias sobre el ambiente homosexual de la época. De esta forma, Luis Buñuel nos transmite algún detalle en sus memorias referido al caso bien conocido de Lorca y la extrañeza que le produce el hecho: "Alguien vino a decirme que un tal Martín Domínguez, un muchachote vasco, afirmaba que Lorca era homosexual. No podía creerlo. Por aquel entonces en Madrid no se conocía más que a dos o tres pederastas, y nada permitía suponer que Federico lo fuera" (20) ; además incluye una anécdota personal en el mismo libro en la que quizás sea reconocible la figura de Antonio de Hoyos, aun cuando era difícil hablar con este personaje según hace Buñuel porque padecía sordera de nacimiento: "En aquella época, la homosexualidad era en España algo oscuro y secreto. En Madrid solamente se conocían tres o cuatro pederastas declarados, oficiales. Uno de ellos era un aristócrata, un marqués, que debía de tener unos quince años más que yo. Un día, me lo encuentro en la plataforma de un tranvía y le aseguro al amigo que tengo al lado que voy a ganarme veinticinco pesetas. Me acerco al marqués, le miro tiernamente, entablamos conversación y él acaba citándome para el día siguiente en un café. Yo hago valer el hecho de que soy joven, que el material escolar es caro. Me da veinticinco pesetas.
Como puede suponerse, no acudí a la cita. Una semana después, también en el tranvía, encontré al mismo marqués. Me hizo un gesto de reconocimiento, pero yo le respondí con un ademán grosero del brazo. Y no le volví a ver más" (21) .
Hay, pues, en el ambiente de principios de siglo, diversos escritores que expresan con claridad sus preferencias homoeróticas en materia sexual y son conocidos por esto; además se constata también la existencia de varios círculos literarios y sociales, minoritarios, en los que la homosexualidad se tolera de manera más o menos abierta. También la novela de la época refleja los aspectos señalados, tal como veremos en algunas narraciones.
Tántalo (1919), de Vicente Díez de Tejada (1872-1940) está construida sobre la narración mitológica del mismo nombre, según la cual un condenado del infierno, hambriento, se ve sometido a la continuada visión incitante de comida que no puede conseguir. "Manzanas son de Tántalo", diría Góngora a propósito de los placeres del amor. Se incluye esta novela corta en la tendencia que pudiera llamarse moralizante, puesto que considera la homosexualidad como un error de la naturaleza.
Como justificación ante el lector Díez de Tejada indica, al principio de la narración: "Ésta es, en compendio, la verídica y lastimosa historia de un alma de mujer a quien la ciega Naturaleza, en uno de sus dormitares homéricos, vistió de hombre" (22) . En el cierre o final de la obra, vuelve el autor de nuevo a envolverse en la moralidad, al indicar: "Este libro ha sido dictado por la Vida y escrito por la Piedad. Honni-soi qui mal y pense". El Tántalo del relato es don Santos, el manflorita, como lo llama un personaje, recurriendo a la deformación popular de la palabra "hermafrodita". Desde el punto de vista psicológico tiene rasgos marcadamente femeninos, sólo desde la fisiología sigue siendo varón, un tanto a pesar suyo. Ha tenido diversos oficios: "Fue modisto, peinadora, corredor de alhajas, chamarilero traficante de antigüedades...", y, al mismo tiempo, ha ido evolucionando espiritualmente en un íntimo deseo de alcanzar la verdad: "Fue beato, espiritista, teósofo, devoto de Santa Teresa, de Allán Kardec y de la Blavatsky, siempre en pos de la Verdad". Su oficio actual, en el momento de iniciarse el relato, es el de ayo y pasante en un colegio de niños. Esta situación es la que propicia que sea ayo de Enriquito, un niño huérfano de padre y de madre, y de aquí surge la atracción irresistible por el joven conforme van pasando los años. Sin embargo, la relación apuntada se convierte prácticamente en un tema secundario a lo largo de la novela.
Tántalo está muy lejana, no tanto desde el punto de vista cronológico, sino especialmente desde el tratamiento irónico y malicioso de otra narración, de la que sólo conocemos los primeros capítulos, El amuleto, aparecida por entregas en la revista Flirt, a partir del 23 de noviembre de 1922 (23) ; en ella asistimos al asedio continuado de un joven criado por parte de numerosos hombres que se sienten irremisiblemente atraídos por él, gracias a los efectos que produce un relicario que guarda en el bolsillo. De esta forma, caen rendidos ante su poder irresistible, un sacristán, el Marquesito, que es su propio amo, el portero del inmueble, un cura que pasa por la calle, un guardia de la porra, el conductor de un coche, etc. Claro que la cosa no pasa, por lo general, de la atracción y el piropeo, porque Sebastián, el protagonista, rechaza cualquier cortejo y mira las situaciones que se le presentan con gran extrañeza.
Parece como si esta novela de Díez de Tejada fuese la versión homosexual de la novela Aventuras de una criada para todo, de Álvaro Retana, que se incluye en los números precedentes de la misma revista, o al menos quisiese emularla.
El tono procaz de algunas escenas de esta narración sólo es comparable al que se advierte en algunas páginas de No por obra de varón, acre y aparentemente censurada (en realidad, resumida y divulgada) por un crítico tan comprensivo con estos temas como Carlos Fortuny, es decir, Álvaro Retana, que indica con relación al autor: "ya en la madurez de su talento y en el declive de su vida, mancilló sus canas gloriosas con el tinte vulgar de la Pornografía, y sin tener en cuenta siquiera la discreción a que le obligaba su elevado puesto en un organismo del Estado, su cualidad de abuelo, comportóse como el más irreflexivo de sus nietos y realizó imperdonables indecencias de chiquillo; se hizo pipí en su brillante historial literario" (24) .
Con todo, es en el mismo Álvaro Retana (1890-1970) donde se encuentran con más frecuencia y frescura numerosos tipos gustadores de los placeres de Sodoma. Su propia actitud personal parece estar en el fondo de esta predilección, puesto que, aunque jugó gran parte de su vida a la ambigüedad erótica, manteniendo relaciones más o menos estables con diversas mujeres, con las que establecía por temporadas lo que él llamaba un "matrimonio experimental", también se sentía atraído por las prácticas que estudiamos, tal como puede desprenderse de algunas de las cartas de sus admiradores. De esta forma, un corresponsal le escribe, en 1928, narrándole su nueva conquista y algunos párrafos de la carta son reveladores de la conducta que nos ocupa: "Es un chico con algunas canas y moreno con ojos negros soñadores y en la cama es de lo más cachondo y sensual que te puedes figurar, en fin que estamos en pleno idilio. Te prometo, si te gusta, prestártelo cuando vaya a Madrid a verme y te aseguro que te dejará contento pues a pesar de tus maravillas éste es un hombre como para volverse loco él; deja a San Germán hecho una zapatilla, ya sabes mi teoría, para maricas y leonas una niña de esas estupendas guayabas que se ven por ahí y para hombres eso hombres muy machos... cuanto más mejor". (p. 64. Mantenemos las cursivas del original; también está enfatizado mediante el empleo de las mayúsculas el término maravillas. Para la comprensión completa del fragmento epistolar hay que tener en cuenta que en el argot de los homosexuales es frecuente el cambio de género gramatical para referirse a los que están implicados en el ambiente del grupo, de tal manera que la referencia a "una niña" puede entenderse referida a "un joven"). Se pueden localizar fragmentos parecidos en lo que conocemos de su correspondencia con hombres de tendencias similares.
Varias obras de Retana (Los ambiguos, El príncipe que quiso ser princesa, Mi novio y mi novia, etc.) indican ya desde el título esa ambigüedad que el mismo escritor se encargó de alentar y de difundir en los medios culturales de la época con el aura de escándalo consecutivo. En muchas otras narraciones, se documenta con frecuencia el tema homoerótico, que alterna, con frecuencia, con el lesbianismo. Entre ellas se pueden mencionar Los extravíos de Tony (Confesiones amorales de un colegial ingenuo), Las locas de postín (Novela de malas costumbres aristocráticas, Currito el ansioso (Accidentada historia de un gomoso pervertido), El buscador de lujurias (Novela patológica), El octavo pecado capital o A Sodoma en tren botijo; su somero examen ocuparía mucho más espacio del que disponemos.
Claro que las novelas de Retana son el contrapunto de la mayoría de las narraciones que hemos leído sobre esta cuestión, en las que se suele insistir más en el aspecto moralizante que en la descripción benevolente o irónica, a menudo incitadora, del escritor madrileño.
Así El ángel de Sodoma (1928), de Alfonso Hernández-Catá (1885-1940), ofrece una visión un tanto reaccionaria en torno al tema homosexual. En la realización de la narración parecen planear diversos factores o influencias que van desde Gregorio Marañón, a quien está dedicada la novela (y no hay que olvidar la teoría de los estados intersexuales del famoso médico y escritor, que puede documentarse en sus Tres ensayos sobre la vida sexual (1926), entre otras obras, en nota, también el prólogo al libro de Gide), a la escritora francesa Rachilde, pasando por algunos ambientes en parte deudores de Edgar Allan Poe. De Rachilde podemos captar algún detalle en la cita introductoria, en la que se habla de que "es cierto que hay en las charcas relentes mefíticos, también lo es que ofrecen grasas irisaciones, y que lirios y nenúfares se esfuerzan patéticamente, a pesar de sus raíces podridas, en sacar de ellas las impolutas hojas"; aquí se perciben diversas referencias implícitas a una novela de la escritora mencionada, Le dessous, que en España se tituló Ciénaga florida, en la traducción de Luis Ruiz Contreras. Además, en las primeras páginas se habla de la decadencia económica y moral de una noble familia, lo que sugiere al propio novelista la mención de la familia que habita la casa Usher, del conocido relato de Poe.
En realidad estos interesantes presupuestos se van olvidando paulatinamente conforme se avanza en el cuerpo del relato, centrado en la figura de José-María, el primogénito de la familia de los Vélez Gomara, venida a menos, y descrito así en el entierro de su padre: "José-María presidió el entierro. Vestido de luto, sus diez y ocho años, impresionaban más. Pálido, aguileño, de piel marfilina y ojos verdes, destacaba entre el grupo de caras contraídas por una tristeza ocasional su belleza tímida y frágil, de flor" (25) . La timidez, la dulzura y el encogimiento son rasgos característicos del personaje, en clara oposición a su hermano más joven, el marino Jaime, que se inclina claramente por las relaciones con las mujeres, según se advierte en la escena del circo, en tanto que, con relación a José-María, "sólo una figura perduraba en su retina y en sus nervios: la del hombre... ¡La del hombre joven y fornido nada mas!" (p. 58).
A partir de entonces se desarrolla en la mente del joven una dura lucha por aceptar su condición y sus preferencias, rechazadas de forma explícita tanto por el narrador como por el personaje, que se considera a sí mismo un error de la naturaleza, incluso cuando se compara con su propio hermano dormido: "La piel impúber, las formas túrgidas, completaban la imagen ya anticipada por el pensamiento. Un halo ambiguo, de carne y de formas indecisas entre los dos sexos, diferenciaba su torso del velludo de Jaime. Equívoca dejadez afinaba las facciones: la boca participaba de algo de la de sus hermanas; en las violetas de las ojeras, el verde de los ojos tenía un rayo anormal, triste" (pp. 67-68). Incluso piensa renunciar a una parte de su nombre, María, para ser simplemente José; el llanto es el refugio del personaje.
El descubrimiento de su condición de homosexual y la no aceptación de la misma es lo que configura el resto de la novela; la represión de su tendencia erótica llega incluso a eliminar de su alcoba la imagen del Cristo en la cruz, "hombre desnudo al fin" (p. 126), según indica. A pesar de que intenta encauzar la que él considera malsana inclinación, unas veces con la frecuentación infructuosa de prostitutas otras mediante la búsqueda de una novia angelical, la narración tiene un desenlace trágico. Cuando en un viaje a París está a punto de tener una entrevista con uno de los que pertenecen a "la funesta secta de las víctimas del error de Dios" (p. 190), como indica el autor, el joven se suicida arrojándose al paso del metro.
El final moralizante no parece motivado ni adecuado desde una perspectiva actual y tampoco lo sería en su momento, al menos para algunos críticos, como Álvaro Retana, que la califica, con la ironía que le caracteriza, como una "novela de un perfecto desconocimiento psicológico o de una preconcebida mala fe, pues solamente a Hernández-Catá que, o no sabe nada o lo sabe todo, se le puede ocurrir hacernos creer que un hombre, al descubrir en sí tendencias homosexuales, se arroje tranquilamente al mar [Retana equivoca el final; el suicida, tal como hemos indicado, se lanza a los raíles del metro de París]. Alfonso Hernández-Catá -continúa escribiendo Retana-, que es un escritor de mundo, que no es un jovenzuelo inexperto, sino un individuo que ha viajado y estudiado lo suficiente para hablar con conocimiento de causa, está obligado a saber que cuando un individuo descubre que le atraen los caballeros no se tira al mar precisamente. Si el invertido, al percatarse de que lleva dentro el ramalazo adoptara la resolución de las olas, estarían las regiones submarinas más frecuentadas que la Exposición de Barcelona" (26) .
Muchas más narraciones de la época, tanto traducciones como originales, prestaron alguna atención a un tema que en nuestros días sigue pareciendo aún vigente, pero fueron sobre todo las actitudes de numerosos y relevantes escritores las que escandalizaron a una sociedad que se empeñaba en ocultar lo que se consideraba una infausta lacra moral en toda la extensión del término.
El estudio del contexto literario de carácter homosexual que surge en España en esta época de principios de siglo, algunas de cuyas líneas hemos esbozado, sirve para situar una actitud vital y una creación de gran interés, la de Federico García Lorca, de la que podemos afirmar que tiene pleno sentido sin tener en cuenta estas características, pero que, vista desde esta perspectiva, adquiere quizás una nueva dimensión.

NOTAS

1. El que se tiene por el más cualificado biógrafo de Lorca se ocupa de la cuestión en diversos lugares de su estudio; cfr. Ian Gibson, Federico García Lorca. 1. De Fuente Vaqueros a Nueva York, 1989-1929, Barcelona, Grijalbo, 1985, pp. 20-22, 189-190, 364-366, y, en general, los lugares recogidos en el índice de materias en el apartado "homosexualidad del poeta", y Federico García Lorca. 2. De Nueva York a Fuente Grande, 1929-1936, Barcelona, Grijalbo, 1987, pp. 197-198, 242-243, 285-287, etc.
2. En 1966 vuelve a reeditarse con el título de A la recherche de Lorca, Neuchâtel. Creemos que no hay traducción española del mismo.
3. Hay traducción española: Paul Binding, García Lorca o la imaginación gay, Barcelona, Laertes, 1987.
4. Alicante, Instituto de Cultura "Juan Gil- Albert"/Diputación de Alicante, 1991.
5. Angélica. Revista de Literatura, 1, 1991, pp. 93-107.
6. Angélica. Revista de Literatura, 2, 1991, pp. 121-145.
7. A propósito de esta obra, escribe Rafael Martínez Nadal, uno de sus mejores conocedores: "Lorca, deliberadamente, rehúye toda ficción y, para demostrar la accidentalidad del amor, va a tomar como paradigma el espinoso tema del amor homosexual" [...]. "El tema del amor que no se atrevía a decir su nombre, es uno de esos cinco o seis temas capitales que corren a lo largo de toda la obra del poeta" [...]. Así, lentamente, la madeja se va devanando y uno de los propósitos del poeta aparece claro: llevar por primera vez a la escena española -tal vez a la escena universal- consciente del peligro que ello entrañaba, el difícil problema-drama del amor homosexual y el no menos difícil, aunque no inédito en el teatro, de determinar la verdadera personalidad", Federico García Lorca, El público y Comedia sin título. Dos obras póstumas, ed. e intr. Rafael Martínez Nadal y Marie Laffranque, Barcelona, Seix Barral, 1978, pp. 173-175.
8. Para los proyectos y esbozos teatrales es fundamental el libro de Marie Laffranque, Federico García Lorca, Teatro inconcluso, Granada, Universidad de Granada, 1987; sobre el tema de La bola negra, pp. 83-85.
9. Cfr. las declaraciones de Rafael Martínez Nadal en Federico García Lorca, El público y Comedia sin título. Dos obras póstumas, ed. e intr. Rafael Martínez Nadal y Marie Laffranque, op. cit., pp. 18-19.
10. Hemos realizado un primer tratamiento de este tema en "La homosexualidad en algunas narraciones españolas de principios de siglo (1900-1930)", en El Bosque, 10-11, enero-agosto, 1995, pp. 187-199.
11. Sobre este curioso escritor cfr. Antonio Cruz Casado, "Frivolidad y erotismo. Álvaro Retana, "El novelista más guapo del mundo" en Los territorios literarios de la Historia del Placer. I Coloquio de Erótica Hispana, Madrid, Libertarias, 1996, pp. 35-48 y "La moda femenina en las novelas eróticas en clave de Álvaro Retana (1890-1970)", en Jornadas Internacionales sobre Moda y Sociedad, 29 mayo-1 junio 1996, Universidad de Granada, (en prensa); Juana Toledano Molina, "Erotismo y censura en Álvaro Retana", en Varios autores [Francisco Márquez Villanueva, José Lara Garrido, Víctor Infantes, Lily Litvak, Daniel Eisenberg, Carlos Castilla del Pino, y otros], El cortejo de Afrodita. Ensayos sobre literatura hispánica y erotismo, ed. Antonio Cruz Casado, Málaga, Universidad de Málaga, 1997, pp. 259-266, y Javier Barreriro, "Álvaro Retana en la erotografía del primer tercio de siglo: un acercamiento a los textos del cuplé sicalíptico", en ibid., pp. 267-284. También Antonio Cruz Casado, "La moda femenina en las novelas eróticas en clave de Álvaro Retana (1890-1970)", comunicación en las Jornadas Internacionales sobre Moda y Sociedad, organizadas por la Universidad de Granada, del 29 de mayo al 1 de junio de 1996, (en prensa).
12. Nos hemos ocupado del mismo en "La novela erótica de Antonio de Hoyos y Vinent", Cuadernos Hispanoamericanos, 426, Madrid, 1985, pp. 101-106; "Modernismo y parodia en la narrativa de Antonio de Hoyos y Vinent", Actas del Congreso Internacional sobre el Modernismo, ed. Guillermo Carnero, Córdoba, Excma. Diputación, 1987, pp. 399-407; "Aromas de nardo indiano que mata y de ovonia que enloquece" de Antonio de Hoyos y Vinent, Album Letras Artes, nº 30, 1991, pp. 74-85, etc.
13. Sindley Place, Las frecuentaciones de Mauricio (Costumbres de Londres), trad. Antonio de Hoyos y Vinent, Madrid, Biblioteca Hispania, s.a. [Portada de J. Zamora, fechada en 1917]. Este libro, poco conocido, nos ofrece una serie de historias intrascendentes de la alta sociedad londinense (quizás escritas en clave, aunque el autor diga lo contrario en el prólogo "Esta novela de costumbres de Londres carece de clave. Es sencillamente un estudio absolutamente imparcial de algunos medios ambiguos londinenses", p. 19; Hoyos, en el prólogo del traductor, señala que en una reunión, que tiene lugar en París, le presentan, ya mayor, a uno de los protagonistas de la novela, llamado en ésta Reggie Lindsay, que quizás pueda ser el propio autor inglés, Sindley Place; nótese que Sindley es anagrama casi perfecto de Lindsay). En la obra hay chicos mantenidos por hombres y mujeres, dandys, mujeres elegantes y refinadas, ambiente ambiguo y decadente, etc. Con todo, en ocasiones, apenas se encubren los nombres de determinados personajes, como ocurre con Wilde en el párrafo siguiente: "Oscar White, en pleno triunfo entonces, estaba en el salón; porque Freddy era blanco y rubio, le dijo no sé qué de agradable... uno de esos cumplidos que le gustaba hacer, unas palabras sin transcendencia. Algo así como "Tiene usted el aspecto de un divino lirio blanco". Freddy perdió la cabeza; comprendió de golpe y porrazo cuanto había de lilial en su gracia frágil y decidió vivir del arte", p. 68.
14. Rafael Cansinos-Asséns, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas...) 1. (1882-1914), Madrid, Alianza, 1982, pp. 211-212. Otras noticias sobre Hoyos en los fragmentos titulados "Estampa decadente", p. 114, "El Rat Penat", p. 193, "Antonio de Hoyos", p. 333, "Estampa decadente", p. 374, etc.
15. Luis Antonio de Villena, "Capriccio" (Relato de una noche madrileña), Los Cuadernos del Norte, 34, noviembre-diciembre, 1985, pp. 86-91.
16. Ramón Pérez de Ayala, Troteras y danzaderas, ed. Andrés Amorós, Madrid, Castalia, 1972, p. 228. (La cita siguiente en la misma página). Sobre la identificación de este personaje con Hoyos en esta novela en clave, véase del mismo Andrés Amorós, Vida y literatura en "Troteras y danzaderas", Madrid, Castalia, 1973, pp. 120-121.
17. Rafael Cansinos-Asséns, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas...) 1. (1914-1923), Madrid, Alianza, 1985, p. 399.
18. Rafael Cansinos-Asséns, La novela de un literato (Hombres-Ideas-Efemérides-Anécdotas...) 1. (1882-1914), op. cit., p. 373.
19. José López Pinillos, "Pármeno", El Luchador, Madrid, Editorial Saltés, 1976, pp. 40-41.
20. Luis Buñuel, Mi último suspiro, Barcelona, Plaza y Janés, 1982, p. 64.
21. Ibid., p. 144.
22. Vicente Díez de Tejada, Tántalo, La novela corta, 158, 11 de enero de 1919, p. [1]. La novelita carece de numeración en las páginas.
23. Sólo conocemos los seis primeros capítulos, aunque, según se indica, la novela iba a tener 28 capítulos
24. Carlos Fortuny, Crítica frívola. La ola verde, Barcelona, Editorial Jasón, 1931, p. 166.
25. Alfonso Hernández-Catá, El ángel de Sodoma, Madrid, Mundo Latino, 1928, p. 22. Las restantes citas de esta novela en el cuerpo del artículo, mediante la indicación de página.
26 Carlos Fortuny, Crítica frívola. La ola verde, op. cit., p. 297.


Comunicación inédita presentada en el Congreso Internacional "Federico García Lorca clásico moderno", organizado por la Universidad de Granada, 25-29 de mayo de 1998.

Sunday, September 10, 2006

Las grandes almas que la muerte ausenta: in memoriam D. Rafael Gracia Boix

© Antonio Cruz Casado

LAS GRANDES ALMAS QUE LA MUERTE AUSENTA: IN MEMORIAM D. RAFAEL GRACIA BOIX

El conocido verso de Quevedo, perteneciente al soneto “Encerrado en la paz de estos desiertos” (en el soneto habitualmente titulado "Desde la Torre"), me da pie a reflexionar brevemente sobre nuestro buen amigo y sagaz investigador D. Rafael Gracia Boix. Viene a decir don Francisco de Quevedo que aquellas almas grandes que ausenta la muerte, a los que se lleva a su reino, de alguna manera resultan vengados por la imprenta, indicando con ello que su memoria permanece aún entre los vivos por medio de sus obras impresas. Continúa diciendo luego el poeta barroco que la hora que dedicamos al estudio y a la lección tiene una calidad especial, no es una pérdida completa e irreparable del tiempo, constatación que se convierte en una preocupación trágica del gran lírico, sino que merece una consideración especial, hasta tal punto que debe ser señalada con piedra blanca, puesto que nos mejora intelectual y emocionalmente.
Ambas ideas, la imprenta o los libros editados como vengadores de la memoria del hombre de letras y la dedicación al estudio como método de mejoramiento humano se pueden aplicar a Rafael Gracia y a aquellos otros que hicieron de su vida un proyecto de investigación y recuperación histórica.
De nuestro paso por el mundo nos sobreviven bien pocas cosas, especialmente las obras y los hijos o, como diría Unamuno, los hijos del espíritu y los hijos de la carne. En esta ocasión, quiero referirme sobre todo a los primeros, aquellos que se dan a luz con el esfuerzo del entendimiento y de la voluntad. Recordaba Rafael en uno de sus últimos actos públicos a los que tuve ocasión de asistir (la presentación en Lucena del libro Los esclavos de Lucena, de Françoise Orsoni-Ávila) la anécdota incluida en el prólogo de la segunda parte del Quijote sobre aquel loco de Córdoba afanado en hinchar un perro. Sus palabras, “Creerá V. M. que es cosa fácil hinchar un perro”, las aplicó nuestro amigo, con singular ironía, a la composición de un libro: “Creerá V. M. que es cosa fácil escribir un libro”. Como diría otro clásico, en este caso Lope de Vega, quien lo probó lo sabe.
Y Rafael Gracia sabía de las dificultades que conlleva la composición y escritura de un texto, e incluso de la edición y maquetación del mismo, puesto que, ampliamente iniciado en las técnicas actuales de autoedición electrónica, solía preparar para la imprenta muchos de los textos que luego editaba. Así lo expresa, por ejemplo, en el libro de cuentos ¡¡Ouh Amérrica!! ¡¡Amérrica!! (1988), en el que indica: “Compuesto en un ordenador Mitac con procesador de textos Word de Microsoft, impreso el original en impresora Epson LQ-500". Y este detalle, en una persona que, por su edad, pertenecía a una generación que se había iniciado en la investigación y en la redacción de una obra con los medios materiales mínimos, como mucho, la máquina de escribir, resulta indicativo de una modernidad de pensamiento poco frecuente. Era por ello un hombre de nuestro tiempo y estaba al tanto de las innovaciones técnicas anejas a su creatividad intelectual. Rafael conocía a la perfección los procesadores de textos, los programas de autoedición, la composición electrónica, las posibilidades del escaner... De esta forma sus libros son más suyos, si cabe, porque desde la escritura del texto hasta la organización externa de la página y de la portada le pertenecían en muchas ocasiones.
Sus aportaciones históricas tienen un indudable valor, reconocido por todos los estudiosos del tema; ahí están, por ejemplo, sus estudios y recopilaciones documentales sobre la inquisición cordobesa Colección de documentos para la historia de la Inquisición de Córdoba (1982) y Autos de fe y causas de la Inquisición de Córdoba (1983), su precioso libro sobre la brujería andaluza, Brujas y hechiceras de Andalucía (1991), en el que tiene en cuenta también los textos literarios como reflejo de una realidad histórica, su colección de sucesos y semblanzas cordobesas, Temas cordobeses (2001, 2ª ed.), entre otros muchos estudios difundidos en el boletín de nuestra Academia o en volúmenes de actas de congresos o jornadas académicas celebradas en pueblos. A este respecto quiero recordar que uno de los últimos trabajos de Rafael que vieron la luz se encuentra en el volumen de las segundas jornadas académicas en Lucena; se trata de un curioso estudio titulado “Una querella interpuesta por los frailes de Lucena contra el Obispo de Córdoba a mitad del siglo XVII”. Tampoco le fue ajena la creación literaria de lo que dan fe dos libros de narraciones, uno ya mencionado antes y otro denominado Relatos inmorales (1986), en el que se advierte un fuerte componente irónico; he aquí las líneas finales del prólogo: “Por último, si has sido capaz de leer hasta el final estos deshilvanados relatos, y han sido de tu agrado, coméntalos pero no los prestes, te puedes quedar sin ellos y eso demuestra que eres más tonto que Antón; y, si por el contrario no te han gustado, tampoco [los prestes], más bien propágalos para que puedas disfrutar y reírte del que logre obtenerlos, al saber que a todo hay quien gane, y no te enfades porque no está pensada ni escrita para hipocondríacos, pues, en resumidas cuentas y de todas maneras en este negocio el que, como siempre, saldrá perjudicado, sin honra ni provecho, será el autor”.
En fin, podría acabar mi rememoración con algunos versos elegíacos de los que tan abundante es nuestra literatura como condolencia natural y sentida por el amigo, el historiador, el académico que se nos fue; pero creo que estas sesiones protocolarias y necrológicas, quizás no serían por completo de su agrado. Su genio vivo y risueño quizás hubiese preferido alguno de aquellos versos funambulescos e irrespetuosos que don Ramón María del Valle-Inclán consideraba como su epitafio o su testamento más adecuado. Con esta pincelada burlona, como muchas otras que se encuentran en nuestros clásicos a propósito del acabamiento del hombre, quiero acabar mi sentido recuerdo y homenaje. Decía así el genial gallego:

Te dejo mi cadáver, reportero.
El día que me lleven a enterrar,
fumarás a mi costa un buen veguero,
te darás en la Rumba un buen yantar.
Y después de cenar con mi fiambre,
adobado en retórico sutil,
humeando el puro, satisfecha el hambre,
me injuriará tu dicharacho vil.
Y al dejar la colilla con el chato,
a medio consumir, sobre el mantel,
dirás, gustando del bicarbonato:
“Que no la diñe ahora don Manuel”
Para ti mi cadáver, reportero.
Mis anécdotas, ¡todas para ti!
Le sacas a mi entierro más dinero
que en mi vida mortal yo nunca vi.
Caballeros, salud y buena suerte.
Da sus últimas luces mi candil.
Ha colgado la mano de la muerte
papeles en mi torre de marfil.
Le dejo al tabernero de la esquina
para adornar su puerta mi laurel.
Mis palmas, al balcón de una vecina,
y a una máscara loca, el oropel.


Intervención en la sesión necrológica de D. Rafael Gracia Boix, diciembre de 2002; texto publicado en el BRAC correspondiente.

El mundo poético de Antonio Manjón-Cabeza Sánchez

© Antonio Cruz Casado


EL MUNDO POÉTICO DE ANTONIO MANJÓN-CABEZA SÁNCHEZ


El poeta, el verdadero poeta, ha de construirse un mundo especial para él; la realidad que él viva no será la realidad que vivan los demás escritores. Las consecuencias de tal creación son obvias: una realidad poética tiene su lógica propia y su coherencia, que no es ajena coherencia. El que se decida a entrar en el mundo del poeta ha de saber que se encuentra en un plano más elevado que el de los demás mortales, y que la lógica de ese mundo será diversa de la lógica con que enjuiciamos los hechos del mundo corriente.

Azorín


Gustavo Adolfo Bécquer consideraba dos tipos de poesía al reflexionar sobre un libro de su amigo Augusto Ferrán: uno, basado en la intención artística y estética del escritor y otro, de carácter espontáneo e ingenuo, a su vez relacionado con lo popular e intuitivo. Acerca del primero escribía lo siguiente: “Hay una poesía magnífica y sonora; una poesía hija de la meditación y el arte, que se engalana con todas las pompas de la lengua, que se mueve con una cadenciosa majestad, habla a la imaginación, completa sus cuadros y la conduce a su antojo por un sendero desconocido, seduciéndola con su armonía y su hermosura”. El poeta sevillano, como buen romántico, se decanta por el segundo tipo de poesía, caracterizada como “natural, breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio, desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía”. Pero es la primera la que cultiva todo el mundo, como Bécquer indica a continuación, la que se basa en la meditación y en el arte, la que supone un resultado estético fruto de una larga ejercitación; es ésta también la poesía que compone Antonio Manjón-Cabeza y de la que este libro La lírica la vida es una buena muestra.
Casi nada se nos da de forma gratuita, si no son los fenómenos naturales, como el día o la noche, pero la actividad artística exige un esfuerzo suplementario junto con unas dotes especiales, que no todos los hombres poseen. Quiero decir que no es cosa fácil hinchar un perro, como recordaba Cervantes de forma un tanto escatológica, de la misma manera que no es fácil cosa escribir un libro, un objeto inerte en apariencia pero que contiene en sus páginas, encerrados en sus signos, parte de la experiencia vital de una persona, sus anhelos o sus sueños. De tal manera que, interpretando o decodificando las palabras, quizás podamos penetrar un poco en la intimidad del escritor, sólo hasta donde él quiera dejarnos avanzar por ese mundo interior suyo de luces y de sombras, porque no siempre lo que se escribe es cierto o responde a una realidad comprobable. Ya Fernando Pessoa avisó y dejó bien claro, en sus heterónimos y en sus palabras, que el poeta es un fingidor.
Claro que el proceso de comprensión de un texto literario no es siempre sencillo, pero es posible que cuantos más elementos comunes haya en el mundo de la experiencia del autor y del lector más fácil, más enriquecedora, será la lectura. De tal manera que, si trazamos un breve esbozo de la personalidad de Antonio Manjón-Cabeza, encontraremos en él numerosos rasgos de los que participamos en cierta medida sus lectores al mismo tiempo que nos reconocemos en sus versos, en sus palabras. Esto servirá también, en otro orden de cosas, para que el acercamiento del público al libro tenga unos parámetros básicos en los que apoyarse.
Tal como hemos indicado en otra ocasión (Antología Bromelia. Poetas actuales de la Subbética, Priego de Córdoba, 2000, pp. 207-208), Antonio Manjón-Cabeza Sánchez nació en Lucena, en el número 14 de la calle del Peso, y ha vivido físicamente, desde hace mucho tiempo, lejos de su ciudad natal; pero muchos de sus recuerdos y de sus añoranzas le han hecho vivir espiritualmente entre nosotros, entre los que aún recorremos las calles de la antigua Al-Yussana, de tal manera que lo hemos encontrado a veces perdido entre la bruma de los sueños lucentinos. De la casa natal y de su patio quedan huellas en las páginas y en las ilustraciones de alguno de sus libros de versos. La infancia, tan feliz, se vio oscurecida por alguna sombra: la ausencia de la madre, fallecida al nacer el niño, hecho que se evoca en un poema de este libro, “Encontré a mi joven madre, que murió de mí, en las puertas del cielo”, en el que escribe:

Fue la primera pena de alegría
y la primera voz que se me fue.
Con ojos llantoabiertos miré que
aquella voz era la voz la mía.

De su infancia lucentina quedan muchas huellas en la presente colección. Al fallecer la madre, Antonio y su hermana Araceli quedan al cuidado de los tíos y los abuelos, familiares que los miman y los cuidan para que no sientan la nostalgia materna, la querida sombra tutelar ausente. En “Alcoba de los besos y las madres” evoca algunos elementos de aquel mundo infantil:

Aquella alcoba de las nueve a una,
recortables de guerra, miel de enero,
el gato blanquirrubio ojos de luna,
constantes de sonaje el aguacero.

Sus abuelos eran personas acomodadas, de clase media alta, sin problemas económicos y con un prestigio notable entre sus convecinos. La abuela Amalia fue durante muchos años camarera de la Virgen de Araceli, hasta el año 1958, en que falleció, designación que constituía (y constituye) uno de los grandes honores para cualquier señora lucentina. Tal cargo solía conllevar la custodia de las ropas y las joyas con que se adorna la imagen de la Virgen, tesoro que, en este caso, se guardaba en una habitación contigua al dormitorio de Antonio, dato que explica los versos iniciales de su composición poética “Araceli Santísima si quiero”, incluida en el libro Poemas en Lucena:

Ahora, si quiero y no me ven, puedo
abrir las arcas limítrofes del sueño.

Si quiero ahora y me dejan a solas
puedo enjoyar los dedos en cajas de las joyas,
vestirme de Araceli, la túnica verdosa,
atentamente nocturno pasear las baldosas,
lentamente antesala procesionar las horas.

Basta pisar los fríos, despreciar la almohada,
andar a los tesoros, abrir las largas cajas.

Ni otro lucentino, ni ninguna otra casa
tienen la misma suerte en tantas madrugadas:
a nada de mi sueño, a poco de la cama
las ropas de Araceli y las joyas guardadas.

El abuelo tenía abundantes posesiones, heredades y casas de labranza, “que en otras tierras se dice bienestar / y aquí opulencia”, como escribe a otro respecto Antonio Machado, entre las que se encontraba el antiguo caserío de Cárdenas (construido hacia 1881), cerca de Monturque, en el que el niño pasó numerosas temporadas, sobre todo en invierno, cortijo recordado luego como un lugar agradable y deleitoso, casi un locus amoenus, en muchos de sus versos. En la colección presente se concretan en aquel entorno familiar y querido los días de lluvia junto al fuego campesino, los hermosos otoños tornasolados con sus espléndidos matices arbóreos, el silencio que se cierne en torno al olivar que madura su fértil cosecha, la humedad que hace crecer los líquenes y los musgos, la caza del zorzal, etc. Esta designación topográfica aparece en los títulos o en los subtítulos de diversos poemas de la presente colección, como “Campo de silencio el olivar”, “Caserío de Cárdenas”, “Madre humedad”, “En los olivos otoñales lo perturba el hacha”, “Proyectos de otoño”, “Puede ser”, etc. Del primero de los que integran la enumeración presente son estos versos:

El invierno es la bella temporada
de este campo, campo de caudales,
bello de entrega a hombres anuales,
fruto pupilas de mirar morada.
Escándalo mayor el de la arada;
como fieras mayores los zorzales;
lluvias de invierno caen primaverales;
es campo de mirar y de mirada [.]

Su primer colegio fue el de los Hermanos Maristas, en Lucena, desaparecido en la actualidad, en el que se formaron muchos jóvenes lucentinos y de los alrededores de esta ciudad, como sucede con el poeta Vicente Núñez, de Aguilar de la Frontera, que recuerda en alguna de sus composiciones aquella hermosa y lejana época educativa:

Cuando en las calles gratas de Lucena se oían
los agudos repiques del velonero y daba
en San Mateo el último sol de la media tarde;
cuando al final del sábado, como cohetes rosa,
herían los vencejos la punta florecida
de nuestros surtidores, entonces, era entonces
la vida un paraíso de colegiales tímidos
que aguardasen la hora mágica del domingo.

Nadie sabrá a distancia qué tejas fueron nuestras,
qué palomares altos, qué recortes de hostias;
nadie como dolían la humedad y la vela
de cara a aquellos muros colosales y viejos.

(“Vacaciones”, Los días terrestres, 1957).

La infancia y la adolescencia constituyen un vivero de sensaciones y sentimientos a los que el poeta suele recurrir luego a lo largo de su vida para sustentar edificios verbales, construcciones imaginarias que remiten a otros tiempos, a etapas de la vida consideradas felices, por lo general; es por eso por lo que el crítico encuentra en estos años iniciales de la existencia gérmenes y experiencias luego transmutados poéticamente.
En su juventud Antonio Manjón-Cabeza cambió los plateados olivos y las sierras de su comarca natal, la Subbética, cuando aún no se llamaba oficialmente así, por la apacible vega granadina y por “aquellas ruinas y despojos que enriquece Genil y Dauro baña”, como diría con aparente menosprecio nuestro don Luis de Góngora y Argote, un poeta del que se declara admirador Antonio. Todo esto sucede tras la etapa del bachillerato, iniciada en Lucena y acabada en Cabra, cuando comienza a estudiar Derecho en la Universidad de Granada; es entonces el curso 1947-48. Cuando termina la carrera, hace las prácticas de alférez en las Milicias Universitaria de Mahón, en Menorca, y también de esta experiencia vital quedan algunos restos en la colección que presentamos, como “Bocaarriba para soñar de frente”, “El Mar, el Mar” o “Bonjour, tristesse”.
Como para muchos otros estudiantes, en esa etapa el amor es una asignatura más (y mucho más grata que el resto) que se cursa en los años universitarios. Hacia 1954, según los sonetos de “Eros 54”, conoce a la granadina Olimpia Cruz Hernández, que también cursa la carrera de Derecho, y se enamoran. Cuando ambos obtienen la licenciatura, contraen matrimonio. Corre entonces el año 1958. La presencia de la esposa, de la amada, es una constante en este y en muchos otros libros de versos. Como muestra, recordemos los versos iniciales del segundo de los poemas que integran el título mencionado arriba:

En la calle de Elvira (más o menos)
altas sus flores, lentitud de acera,
aljibes del amor aljibes llenos,
lumbre de amor y de tabacalera.
El sol luna de niebla, marzo escaso,
pura la nieve, purísimo el deseo.
Mañanita de niebla, Garcilaso,
tarde de manos juntas, buen Romeo.

De este matrimonio feliz han nacido seis hijos: Antonio, Lola, Luisa, Olimpia, Araceli y Ofelia, dedicados a la enseñanza en la universidad o en diversos institutos de enseñanza media cuando no al ejercicio de carreras técnicas. Su presencia es también visible en los textos poéticos de esta y otras colecciones paternas, como sucede en el titulado “Si no es así, no sea”, del libro Risueña enfermedad son las auroras, en el que el poeta viene a decir que, si resucitara de nuevo, querría que todo fuese como en realidad ha sido, de lo contrario sería preferible el olvido completo. Sus ocho nietos son una gozosa proyección familiar y también tema poético igualmente documentado en la colección que presentamos.
Antonio Manjón-Cabeza trabajó algún tiempo como administrativo en la Universidad de Granada, pero su dedicación vital ha estado vinculada al Museo de la Casa de los Tiros, cuya plaza de secretario ha ocupado durante casi treinta años hasta su reciente jubilación. Así que ha vivido siempre en un mundo poblado por letras impresas, de tal manera que ha llegado a convertirse en un experto hemerógrafo, en uno de los mejores conocedores (si es que no es el mejor) de los periódicos granadinos y de su historia, así como de la imprenta de la ciudad del Darro y del Genil.
Fruto de esta vocación y dedicación son varios estudios, voluminosos y concienzudos estudios, con los que ha abierto amplios caminos a la investigación histórica; entre ellos están Guía de la prensa de Granada y provincia (1706-1989), Granada, 1995, en dos extensos volúmenes, trabajo de investigación que obtuvo el premio a este tipo de proyectos convocado por la Caja General de Ahorros de Granada; Guía de la hemeroteca de la Casa de los Tiros de Granada, Granada, 1996; Comerciantes poetas en la prensa de Granada, Granada, 1995, entre otros. Nos consta que sigue aún trabajando en estos temas, de los que podrá dar, como pocos, muestras valiosas y enriquecedoras.
Ha publicado hasta el momento varias colecciones de poemas, que no nos parecen resultado de un fervor reciente por la creación literaria, procedente de su etapa de madurez, sino que deben ser más bien producto de una larga y paciente labor a lo largo de los años, compaginada y alternada con el trabajo diario y la necesaria atención a la familia. Como se sabe, la creación de un estilo personal es resultado de una larga paciencia y creemos que Antonio Manjón-Cabeza lo ha conseguido. Entre sus libros poéticos están Poemas en Lucena, Lucena, Excmo. Ayuntamiento/Diputación de Córdoba, 1996; Jardín de pavaneras y otros tiernos, Peligros, Excmo. Ayuntamiento/Diputación de Granada, 1998, que obtuvo el primer premio en el XII Certamen Andaluz de Poesía “Villa de Peligros”, en 1997; Risueña enfermedad son las auroras, Granada, 1998; Memorias del hermoso planeta y Palpitación del mármol, ambos libros impresos en Granada en 1999, a los que se une ahora La lírica la vida, que hará pervivir hasta el siglo XXI una obra literaria iniciada, en el terreno de la impresión, en los últimos años de la centuria pasada.
Como he indicado en otro lugar, en sus versos se aprecian formas clásicas y modernas, con una amplia gama de temas que abarcan la vida cotidiana y doméstica inmediata, pasando por los diversos estadios de lo que un clásico español ha llamado las “intercadencias de la calentura de amor”, junto con diversas referencias culturalistas, refinadas y exquisitas, que estuvieron tan de moda hace algunos años y que suponen una singular formación estética y cultural. A veces su palabra poética adquiere tonalidades cromáticas y aromas lejanos que nos recuerdan similares recursos empleados por varios poetas del grupo “Cántico” de Córdoba o del modernismo tardío. A veces, el poeta juega con los vocablos, como podría haber hecho un lírico de la etapa conceptista, con los que encuentro otras concomitancias, y se nos figura un consumado maestro del lenguaje que ha convivido ya mucho tiempo con las expresiones coloquiales, con los términos que utilizamos todos, pero que tiene con ellos una amistosa y singular camaradería por lo que tiene el derecho (el poeta siempre tiene el derecho sobre las palabras) de someterlos a experimentos sonoros de los que suele saltar una chispa nueva. Algún toque de erotismo presta a su creación, tan personal y tan ajena a los encasillamientos habituales, un acusado toque de modernidad y de complicidad con el lector.
Por lo que respecta al presente libro, desde el punto de vista estilístico llama la atención el empleo de una serie de términos gramaticales sometidos a una tensión lingüística nueva, atípica, que procede de considerarlos incluidos en una categoría distinta a la que estamos habituados; este aparente forzamiento, que sólo el poeta es capaz de hacer, produce cierta extrañeza y distanciamiento en el habitual lector de poesía, rasgo que, a fin de cuentas, puede ser considerado como uno de los elementos que desde siempre han servido para fundamentar el lenguaje poético de cualquier escritor, su peculiar estilo. El estilo es el hombre, decían los clásicos.
En la misma línea de apartamiento de lo cotidiano, se podría señalar también la forma inusual de presentación de la tipografía tradicional del soneto, un esquema métrico clasicista bien conocido y exigente. En el lecho de Procusto de esta estrofa el pensamiento lírico se ve obligado a adaptarse con mayor o menor fortuna. Esto obliga a un ejercicio mental suplementario mediante el cual se procura, sin aparentes forzamientos, que la frase surja límpida y certera, como recién acabada de crear, de tal manera que lo que se quiere decir resulte expresado con las palabras más oportunas, más idóneas, más líricas (que no otra cosa parece ser la creación poética). Es posible que los sonetos más conseguidos, aquellos que ofrecen una aparente simplicidad, sean los más elaborados, los que han exigido más tiempo y más correcciones a su autor. Porque, sin duda, en estos tiempos de versolibrismo generalizado, el recurso de la estrofa es un valor a tener en cuenta, puesto que, tal como aconsejaba Víctor Hugo, hay que “ser aún más severo en lo que a la riqueza de rima se refiere, pues la rima es la única gracia de nuestro verso; y, sobre todo, [hay que] procurar casi siempre encerrar la idea en el molde de una estrofa regular”. Pensamos, con el gran lírico francés, que estas ideas aún tienen su vigencia y su validez, porque conllevan una elaboración más completa y compleja del texto lírico, algo que valorará el experto, ya sea simple lector o acendrado poeta, porque, como recordaba Lope de Vega refiriéndose a los efectos del amor, “quien lo probó lo sabe”. Quien alguna vez intentó escribir un soneto (“y en mi vida me he visto en tanto aprieto”, decía el lacayo Chacón en la conocida comedia del Fénix), ése es el que está en condiciones de valorar el esfuerzo que conlleva la composición de este libro. Y para mí, sin ningún género de dudas, la experiencia poética atesorada en estas páginas ha valido la pena.


Lucena, otoño de 2001

NOTA (septiembre de 2006): Antonio Manjón-Cabeza Sánchez falleció en Granada, el 28 de julio de 2006.


ANTONIO CRUZ CASADO
Catedrático de Lengua y Literatura


Prólogo al libro La lírica la vida (Granada, 2002), de Antonio Manjón-Cabeza Sánchez

El médico de su honra, de Calderón, y su posible fuente cordobesa

© Antonio Cruz Casado


EL MÉDICO DE SU HONRA Y SU POSIBLE FUENTE CORDOBESA


La fama de Calderón se ha cimentado en tragedias singulares que giran en torno al honor. Una de las más terribles es El médico de su honra, que puede estar inspirada en sucesos que tuvieron lugar en Córdoba en la segunda mitad del siglo XVI. En otras ocasiones la historia y la leyenda de nuestra ciudad han suministrado también tema y argumento para piezas teatrales impregnadas de un profundo sentido trágico, rayano a veces en lo que se suele denominar la tragedia de horror. (Ya Aristóteles señalaba la importancia de infundir este sentimiento en la mente del espectador del teatro para “moviendo a compasión y terror, disponer a la moderación de estas pasiones” (1) y, en alguna ocasión, muy posterior, ya en el siglo XIX, se habla del delicioso placer del horror (“dulces temblores del terror” (2), escribe Agustín Pérez Zaragoza, en su Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas).
El tema de los comendadores de Córdoba o el de los siete infantes de Lara, en el momento en que su acción se sitúa en suelo cordobés, vienen impregnados de sangre, violencia y muerte. Recordemos, entre otros datos, que el cautivo don Gonzalo Gustios llora sobre las siete cabezas cercenadas de sus hijos y habla con ellas como si estuvieran vivos, o que el comendador Fernán Alfonso mata violentamente a su adúltera esposa doña Beatriz junto con los caballeros de Calatrava don Jorge Solier y don Fernando Alfonso de Córdoba, y además a todos los sirvientes e incluso animales de su casa para dar rienda suelta a su venganza.
Es posible, como hemos indicado, que a estas historias estremecedoras pueda unirse uno de los episodios más violentos del teatro calderoniano: la actuación de don Gutierre con respecto a su esposa, la inocente doña Menda, a la que manda sangrar hasta producirle la muerte. De esta manera lava su honor, presumiblemente manchado:

Médico de mi honra
me llamo, pues procuro mi deshonra
curar; (3) - comenta el protagonista masculino.

GUTIERRE: (Pues médico me llamo de mi honra,
yo cubriré con tierra mi deshonra) (p. 172) - añade en otra ocasión.

Sin duda que algunos rasgos posteriores de la violencia contra las mujeres pueden proceder del antiguo concepto de la honra, tan divulgado en piezas como la presente.
Recordemos algunos hechos que presenta la pieza calderoniana. La acción tiene lugar en una importante ciudad andaluza, Sevilla, de manera mas concreta, en la casa de campo que tiene don Gutierre en las afueras. Hay otras escenas que transcurren en el palacio del rey don Pedro de Castilla (llamado el Cruel en algunas crónicas, el Justiciero en otras), pero algunas de esas escenas se refieren a la trama política que se altema a lo largo de la obra con la historia personal de amor y celos de don Gutierre Alfonso Solís y doña Mencía de Acuña. Hay, además, un tercer personaje para conformar el pertinente triángulo amoroso: nada menos que el infante don Enrique, hermano del rey don Pedro, enamorado también de doña Menda, y no correspondido, aunque al marido celoso le parece que sí ha sucedido lo que teme y piensa. Además todos los indicios apuntan a que su esposa le hace traición. No de otra manera sucede en el drama shakespiriano de Othello, y la víctima será otra hermosa e inocente mujer, Desdémona.
El tiempo histórico de la acción se sitúa a mediados del siglo XIV, antes de que tenga lugar el episodio de los campos de Montiel (1369), en el que el infante don Enrique da muerte a su hermano don Pedro. Al respecto, hay también desgraciados augurios del suceso histórico citado, y todo el ambiente de la obra es tan tenso y tan serio que incluso el gracioso, el lacayo Coquin, no hace apenas uso de su tradicional función del donaire, sino que se comporta como un hombre normal y con frecuencia aparece angustiado.
¿Cómo llegan a producirse los hechos? Todo parece concatenarse de una manera fatal, como si el fatum clásico influyera despiadadamente sobre las vidas de estos personajes. Claro que don Enrique se siente enamorado de doña Mencía en cuanto la ve, cuando se hospeda en su casa de campo, después de sufrir una simbólica caída del caballo. Pero la dama es una mujer decente, aunque previamente ha tenido alguna solicitación amorosa, ya antigua y casi olvidada, por parte del regio príncipe. De tal manera que éste, aún enamorado, dice cuando abre los ojos y ve a la dama:

Nunca despierte
si es verdad que agora duermo;
y nunca duerma en mi vida
si es verdad que estoy despierto (p. 83).

Y ni se interesa siquiera por saber cómo ha llegado a tal situación:

Y así no quiero saber
qué acasos ni qué sucesos
aquí mi vida guiaron,
ni aquí la tuya trajeron;
pues con saber que estoy donde
estás tú, vivo contento;
y así, ni tú que decirme,
ni yo que escucharte tengo (pp. 84-85).

El propio don Gutierre, que llega también a la fmca, quiere agasajar al ilustre e inesperado huesped, por lo que, además de ofrecerle su casa, le regala incluso una hermosa yegua pía. Claro que doña Menda tiene bien claro el concepto de fidelidad al marido, al que no ha contado nada de su anterior y transitoria relación, y así lo confiesa a su criada Jacinta:

Nací en Sevilla, y en ella
me vio Enrique, festejó
mis desdenes, celebró
mi nombre, ¡ felice estrella!
Fuése, y mi padre atropella
la libertad que hubo en mí.
La mano a Gutierre di,
volvió Enrique, y en rigor,
tuve amor, y tengo honor.
Esto es cuanto sé de mi (p. 101).

Hasta aquí el planteamiento de esta relación entre los tres personajes. Los hechos posteriores inciden en la apariencia de que doña Menda no es fiel a su esposo.
Pero estamos, además, ante un drama de interiores, fundamentalmente, puesto que los sucesos más relevantes tienen lugar en espacios cerrados, (jardines o habitaciones intimas, dormitorios, salas de recibir, etc.), como ha notado la crítica competente (4), en tanto que lo que ocurre en la calle o el camino tiene menos importancia, desde la perspectiva de la trama principal. En el espacio interior de la casa de doña Menda tienen lugar algunas escenas profundamente comprometedoras para el honor de la dama. Allí recibe la visita inesperada del infante don Enrique, durante la noche, ayudado en su pretensión amorosa por la esclava Jacinta, mientras que su marido ha sido encarcelado por orden del rey don Pedro.
Doña Mencía está dormida en el jardín, después de oír unas canciones que la han distraído de sus pesares, momento en que aprovecha el enamorado infante para acercarse; claro que la dama despierta y ve su honor abiertamente comprometido, porque las criadas los han dejado solos. Pero además se presenta también su marido que, aunque encarcelado por orden del rey, ha conseguido que el alcaide de la prisión, su deudo y amigo, lo deje salir para ver a su esposa. Ante la ambigua situación, doña Mencía no tiene otro remedio que ocultar a don Enrique. Luego el enamorado infante pierde una daga en la misma habitación en la que se ha ocultado, cuya propiedad y origen el marido averigua por si mismo. Pero el caballero decide callar y comprobar si su esposa le es fiel o no. Así comenta consigo mismo en un largo soliloquio:

Y así os receta y ordena
el médico de su honra
primeramente la dieta
del silencio, que es guardar
la boca, tener paciencia.
Luego dice que apliquéis
a vuestra mujer finezas,
agrados, gustos amores,
lisonjas, que son las fuerzas
defensibles, porque el mal
con el despego no crezca.
Que sentimientos, disgustos,
celos, agravios, sospechas
con la mujer, y más propia,
aun más que sanan enferman.
Esta noche iré a mi casa
de secreto, entraré en ella,
por ver qué malicia tiene
el mal; y hasta apurar ésta,
disimularé, si puedo,
esta desdicha, esta pena,
este rigor, este agravio,
este dolor, esta ofensa,
este asombro, este delirio,
este cuidado, esta afrenta,
estos celos...¿Celos dije? (p. 156).

Es precisamente lo que Cervantes llamaba “la rabiosa enfermedad de los celos” (5) lo que se ha apoderado de don Gutierre, de tal manera que cualquier indicio inculpatorio, por pequeño que fuere, adquiere a sus ojos el carácter de una prueba evidente de la traición de su esposa y en consecuencia de su deshonor. Y las pruebas aparentes inciden en la dirección de su deshonra: el caballero, de nuevo durante la noche, salta las tapias de su propia casa, con la intención de sorprender a su esposa. Ahora finge ser el competidor, disimula la voz y la pobre dama, que nada vislumbra del enredo, lo confunde con el infante; y, aunque lo rechaza, a don Gutierre no le queda duda de que su esposa tiene relaciones con otro. Su ira es terrible, ante la pregunta de la esposa sobre si tiene celos, comenta:

¿Celoso? ¿Sabes tú lo que son celos?
Que yo no sé qué son, ¡ viven los cielos!;
porque si lo supiera, y celos...
MENCIA: ¡Ay de mí!
GUTIERRE: ...llegar pudiera
a tener... ¿qué son celos?
átomos, ilusiones y desvelos...
no más que de una esclava,
una criada, por sombra imaginada,
con hechos inhumanos,
a pedazos sacara con mis manos
el corazón, y luego
envuelto en sangre, desatado en fuego,
el corazón comiera
a bocados, la sangre me bebiera,
el alma le sacara,
y el alma, ¡vive Dios!, despedazara,
si capaz de dolor el alma fuera (pp. 170-171).

Gutierre se queja al rey don Pedro, contra su hermano, el enamoradizo infante, y pide que repare su honor:

La vida de vos espero
de mi honra; así la curo
con prevención, y procuro
que ésta la sane primero;
porque si en rigor tan fiero
malicia en el mal hubiera,
junta de agravios hiciera,
a mi honor desahuciara,
con la sangre le lavara,
con la tierra le cubriera.
No os turbéis; con sangre digo
solamente de mi pecho.
Enrique, está satisfecho
que está seguro conmigo;
y para esto hable un testigo;
esta daga, esta brillante
lengua de acero elegante,
suya fue; ved este día
si está seguro, pues fia
de mí su daga el infante (pp. 174-175).

La daga citada es la prueba palpable de la falta cometida por la esposa, pero además está la conversación en la oscuridad, en la que ella confundió a Gutierre con el infante Enrique. Una prueba más se añade: oculto tras un tapiz por mandato del rey, oye la conversación que éste mantiene con su hermano Enrique, el cual le confiesa que efectivamente está enamorado de doña Mencía desde hace mucho tiempo. Todo ello colma la paciencia del esposo de tal manera que, cuando descubre una carta de Mencía al real pretendiente, llueve sobre mojado, no le queda ninguna duda de su deshonor. Así que previamente decide matarla en secreto:

Arranquemos de una vez
de tanto mal las raíces.
Muera Mencía; su sangre
bañe el lecho donde asiste;
y pues aqueste puñal (Levántate)
hoy segunda vez me rinde
el infante, con él muera.
Mas no es bien que lo publique;
porque si sé que el secreto
altas victorias consigue,
y que agravio que es oculto
oculta venganza pide,
muera Mencía de suerte
que ninguno lo imagine (pp. 184-185).

Este mecanismo de relojería, perfectamente concatenado, que es El médico de su honra, tiene su culminación en la carta de Mencía al infante, el cual ha caído en desgracia ante su hermano el rey y va a ausentarse, hecho que hace saber a la dama por medio de Coquín, al mismo tiempo que la culpa en parte de su desdicha amorosa y política. La dama no quiere que el personaje tenga problemas con el monarca y, a sugerencias de la falsa esclava, comienza a escribirle una carta para que se quede y recupere el favor real. En ese momento llega don Gutierre, le quita el papel de la misiva, en el que sólo le ha dado tiempo a escribir unas palabras: “Vuestra Alteza, señor, no se ausente...” (p. 192), claramente referidas al infante, y cuando el caballero airado le quita la carta la esposa se desmaya.
Ahora llega la parte del castigo, la puesta en práctica de las ideas sobre el honor y la curación del mismo que han ido desgranándose a lo largo de la obra. Cuando Mencía despierta de su desmayo, Gutierre ha despedido a todos los criados y está dispuesto a matarla, pero, como cristiano que es, antes quiere que su alma se salve. La dama se despierta despavorida y se encuentra sola:

MENCÍA: Señor, detén la espada,
no me juzgues culpada.
El cielo sabe que inocente muero.
¿Qué fiera mano, qué sangriento acero
en mi pecho ejecutas? ¡Tente, tente!
Una mujer no mates inocente.
Mas, ¿qué es esto? ¡Ay de mí! ¿No estaba agora
Gutierre aquí? ¿No veía -quién lo ignora?-
que en mi sangre bañada
moría, en rubias ondas anegada?
¡Ay Dios, este desmayo
fue de mi vida aquí mortal ensayo!
¡Qué ilusión! Por verdad lo dudo y creo.
El papel romperé... ¿Pero qué veo?
De mi esposo es la letra, y de esta suerte
la sentencia me íntima de mi muerte.
Lee
“El amor te adora, el honor te aborrece; y así el uno te mata, y el otro te avisa. Dos horas tienes de vida; cristiana eres, salva el alma, que la vida es imposible”.

¡Válgame Dios! ¡Jacinta, hola! ¿Qué es esto?
¿Nadie responde? ¡Otro temor funesto!
¿No hay ninguna criada?
Mas, ¡ ay de mí!, la puerta está cerrada.
Nadie en casa me escucha.
Mucha es mi turbación, mi pena es mucha.
De estas ventanas son los hierros rejas,
y en vano a nadie le diré mis quejas,
que caen a unos jardines, donde apenas
habrá quien oiga repetidas penas.
¿Dónde iré de esta suerte,
tropezando en la sombra de mi muerte? (pp. 193-194).

El desenlace ya lo apuntamos. Don Gutierre contrata a un sangrador, Ludovico, al cual lleva a su casa, cubierto el rostro para que no vea dónde tiene lugar la acción. Las órdenes del primero son terminantes, refiriéndose al bulto dc una mujer yacente en una cama, flanqueado por dos cirios encendidos y presidida toda la macabra escena por un crucifijo, como si ya hubiera muerto, le dice:

GUTIERRE: Que la sangres,
y la dejes, que rendida
a su violencia desmaye
la fuerza, y que en tanto horror
tú atrevido la acompañes,
hasta que por breve herida
ella expire y se desangre.
No tienes a qué apelar,
si buscas en mí piedades,
sino obedecer, si quieres
vivir (pp. 198-199).

Asi la honra del marido se ha lavado:

Éste fue el más fuerte medio
para que mi afrenta acabe
disimulada, supuesto
que el veneno fuera fácil
de averiguar, las heridas
imposibles de ocultarse.
Y así, constando la muerte,
y diciendo que fue lance
forzoso hacer la sangría,
ninguno podrá probarme
lo contrario, si es posible
que una venda se desate.
Haber traído a este hombre
con recato semejante
fue bien; pues si descubierto
viniera, y viera sangrarse
una mujer, y por fuerza,
fuera presunción notable.
Éste no podrá decir,
cuando cuente aqueste trance,
quién fue la mujer; demás
que, cuando de aquí le saque,
muy lejos ya de mi casa,
estoy dispuesto a matarle.
Médico soy de mí honor,
la vida pretendo darle
con una sangría; que todos
curan a cosa de sangre (pp. 199-200).

Claro que el cirujano, al acabar su siniestra tarea, marca con la mano aún llena de sangre las puertas de la casa a la que ha sido traído con los ojos vendados, y eso facilitará la identificación del lugar del crimen a la luz del día. El intento de engañar al propio rey por parte de Gutierre, diciendo que un descuido del médico o un detalle intrascendente (“Ya se ve cuán fácilmente / una venda se desata”) (p. 210) ha acabado con la vida de su esposa, no consigue prosperar. El monarca le ordena entonces que se case con Leonor, protagonista de la otra trama de la obra (que hemos eludido de intento), y ante las protestas del caballero, que supone que ésta también caería en los mismos errores que su anterior esposa, don Pedro le dice que la solución de todo es sangrarla, como ha hecho ahora con doña Mencía, de lo que es claro indicio la mano sangrienta marcada sobre la puerta. El castigo parece claro, pero no lo es el arrepentimiento, puesto que Gutierre sigue insistiendo en que “el honor con sangre se lava” (p. 213) y que ahora mismo tiene las manos bañadas en sangre; este hecho no es óbice para que Leonor, su antigua enamorada, acepte tal matrimonio y, según comenta, acataría el mismo trato que ha dado a Mencía, si se produjera una situación parecida.
Ahora bien, ¿qué rasgos cordobeses, o inspirados en la historia o en la tradición de nuestra ciudad, encontramos en el drama de don Gutierre y doña Mencía?
Desde el punto de vista literario (6), se suele aceptar que Calderón siguió parcialmente a Lope de Vega, en la comedia del mismo título El médico de su honra, representada hacia 1629, y a Andrés de Claramonte, en la pieza Deste agua no beberé (impresa en 1628), pero hace casi un siglo, en 1909, el crítico Agustín González de Amezúa (7) llamó la atención sobre la similitud existente entre el desenlace de la obra calderoniana y un caso cordobés acaecido a fmales del siglo XVI. En la misma línea apuntada por este estudioso vamos a proseguir.
El último de los sucesos que se narra en los Casos notables de la ciudad de Córdoba (8), cuyo manuscrito original debió finalizarse hacia 1619 o 1620, presenta un relato con diversas concomitancias por lo que respecta a la trama central y al fmal, sobre todo, de El médico de su honra. Se trata de lo acaecido a un caballero veinticuatro de Córdoba, que se casa con una dama de su misma posición, pero que resulta engañado por la esposa. La dama, cuyo nombre se calla al igual que el del caballero, se enamora de un lacayo y hace traición al marido. Una criada agraviada por la señora denuncia el caso al caballero y éste halla a los amantes en flagrante delito. Da doscientos escudos al lacayo para que abandone no sólo la ciudad sino todo el reino, y no toma en ese momento ninguna medida con respecto a la esposa. Pero pasa el tiempo, la esposa cae mala, el médico la manda sangrar y es el propio marido el que afloja la venda de la herida para que se desangre y muera, diciéndole entre tanto que si dijera alguna palabra la había de coser a puñaladas. El vengador pide a los sirvientes que se deje reposar a su esposa y al día siguiente una criada la encuentra muerta. El marido hace grandes demostraciones de dolor ante este hecho y a la vista de sus allegados. A los pocos meses le plantean ventajoso casamiento con otra dama, y el caballero le pide consejo a su suegro sobre la cuestión; éste le responde “Casaos, hijo, y si vuestra mujer saliere mala, sangradla” (9), indicando que sabía lo que había hecho con su hija.
Las concomitancias con las últimas escenas del drama y sobre todo las palabras del rey don Pedro ante la repetición probable de la misma situación (“Sangralla” (p. 213), dice el monarca) nos parecen evidentes.
Es posible que Calderón conociese alguna copia del manuscrito citado (se contabilizan al menos cuatro códices del mismo), obra del jesuita Sebastián de Escabias (10), y además es bien conocida la formación jesuítica del dramaturgo, ya desde su infancia; como se sabe el joven escritor estudió en el Colegio Imperial de Madrid, regido por los jesuitas, desde 1608 hasta 1613, y el pensamiento de esta orden impregna muchas de sus creaciones. Por lo que respecta al autor de la colección de los casos cordobeses, sabemos que había nacido en Arjona, Jaén, hacia 1569, que entró en la Compañía de Jesús en 1601 y que parte de su vida está ligada a Jaén; así en 1622 está empleado en los quehaceres domésticos en la casa de Jaén, en 1625 es portero de la misma residencia, en 1628 tiene el oficio de ropero en el colegio de Cazorla y fallece el 18 de septiembre de 1628. Pero una gran parte de su vida también está ligada a Córdoba, hasta tal punto que el mismo dice ser oriundo de nuestra ciudad, con lo que hay que entender que se crió aquí y que había cobrado un cariño especial a la misma. Algo parecido sucedía con Cervantes, que ocasionalmente dice ser natural de Córdoba, quizás por el mismo hecho, por haber pasado aquí parte de su infancia al cuidado y bajo la vigilancia de su abuelo Juan de Cervantes, como hemos tratado en otra ocasión.
Sebastián de Escabias vivía en Córdoba hacía 1595 con el jesuita Alonso de Molina; para 1598, residía ya en la casa de los jesuitas y entra en la orden de manera formal en 1601, como hemos indicado. Reside también durante unos veinte años en Extremadura, y en 1620, de paso para Jaén, estuvo una temporada en el colegio de Montilla. Su libro se empieza a escribir con posterioridad a 1609 y se termina antes de 1622, fecha de la canonización de San Ignacio de Loyola, al que siempre se le designa en el libro como beato Ignacio. Como lugar de composición del mismo se señala a Extremadura, concretamente Fregenal. El texto se termina bruscamente cuando el autor abandona aquella región y está compuesto con relatos que ha oído de viva voz durante su etapa cordobesa o le han contado después.
Pero hay otra historia en el mismo manuscrito, además de la indicada, que ofrece afmidades con la trama conocida: es el caso del famoso médico córdobes Pedro Mato, que es auténticamente un médico de su honra en la vida real.
Por cierto que, entre los versos calderonianos de la pieza que analizamos, hay una referencia un tanto ambigua a un andaluz cordobés, que parece ser el protagonista del drama, don Gutierre. Coquin dice lo siguiente:

Todas las casas son mías;
y aunque lo son, esta vez
la de don Gutierre Alfonso
es mi accesorio, en quien fue
mi pasto meridiano,
un andaluz cordobés (p. 110).

No se ha reparado en esta referencia, ni se ha explicado, que sepamos, pero hay que tener en cuenta que el médico Pedro Mato, tras su estancia en nuestra ciudad y ocurrir en ella su trágica historia, se traslada luego a vivir a Sevilla, por lo que don Gutierre pudiera ser de alguna manera un trasunto lejano de Mato.
El médico Pedro Mato o Amato, que también suele firmar como Pedro de Peramato, no parece haber sido propiamente cordobés, aunque el libro de los Casos notables índica claramente lo contrario: “Pedro Mato fue natural de Córdoba, hijo de padres ricos y honrados, y hoy día se conoce por las casas famosos y heredades que poseía, en las cuales casas, por ser tan grandes, se representan las comedias” (11). Vivía en la calle que hoy se llama Cuesta de Pera Mato y estudió en Alcalá y Salamanca. Algunas de sus obras medicinales se llaman De e/ementis, de humoribus, de temperamentis y De plenitude et cacochimia liber (12), ambos impresos en Sanlúcar de Barrameda, en 1576, junto con un opúsculo, sin año, titulado De piscium in col/atíone ad carnis insa/ubritate; de este último se dice que tiene un curioso vocabulario latino castellano con los nombres de peces y pescados.
Según el libro Casos notables de Escabias, se casó con una señora llamada doña Beatriz, cuyo apellido se nos encubre en el relato. Pero por via documental sabemos que se llamaba en realidad doña Beatriz Cano. El matrimonio tuvo dos o tres hijas, una de ellas fue monja en el Convento de la Encamación de Córdoba, y otra casó en Sevilla, dándole su padre cincuenta y cinco mil ducados de dote. De la monja cordobesa tenemos datos documentales que prueban que, en 1576, concede a su abuela materna, doña Francisca de Murillo, el derecho a todos sus bienes y herencias, reservándose sólo el valor de su dote para entrar en el convento, cantidad que asciende a ciento cincuenta mil maravedís, más el ajuar y los gastos de velo. Para entonces se habla de “Pedro Mato, vecino que fue esta ciudad” (13), en consecuencia ausente, en tanto que de la madre de la monja, doña Beatriz, se dice que es ya difunta, lo que parece coincider con el alej amiento del médico cordobés tras la muerte de la esposa.
El caso es que la mujer del doctor se enamora de un caballero que vivía en unas casas cercanas a las suyas y empezaron a tratarse desde las terrazas de sus respectivos domicilios. Cuando surge la relación amorosa entre ambos, la señora se confia a una criada. Pero un día, al maltratarla duramente, la muchacha le cuenta a su amo el adulterio de la esposa: “Pues sepa -le dice-que es mala mujer y que le pone a vuestra merced los cuernos” (14). La esposa al oír esto se marcha al convento de las Recogidas, lo que ante los ojos de los familiares y convecinos parece confirmar la declaración de la criada. Finalmente, y bajo promesa y amparo de diversos caballeros y eclesiásticos, doña Beatriz accede a volver al domicilio conyugal. Pasan los años y la señora sigue recluida en la casa, hasta que a alguien se le ocurre la mala idea de ponerle al doctor un sartal de cuernos a su puerta. El médico se aflige, hace sus visitas del día, regresa a casa y determina matar a su mujer, hecho que lleva a cabo ahogándola con una toalla enlazada por el cuello, sin hacer ruido alguno, aunque antes le concede tiempo para pedir a Dios perdón de sus culpas.
A continuación Pedro Mato se refugia en la iglesia de la Compañía, pero de allí lo saca la justicia y lo condena a muerte. Apela la sentencia ante la Chancillería de Granada, en 1574, y se le conmuta la condena por la de prisión perpetua en uno de los presidios de África; de allí es indultado por influencia del Duque de Medina Sidonia, que lo lleva consigo como su médico y le ofrece un gran salario. Después se establece en Sevilla, donde continuaba viviendo en 1599; por esa fecha se le consulta, junto a otros médicos, sobre la naturaleza de la epidemia de landre que entonces empezaba.
Sabemos además que, cuando tuvo lugar la tragedia de la muerte de la esposa, se escribieron romances y cantares sobre el suceso, y alguno de ellos pasó a la tradición oral, como el siguiente:

Pero Mato
Mató a su mujer,
Fízolo tarde,
Más fizolo bien (15).

Es posible que algunos elementos de la historia del médico cordobés, junto con la del caballero veinticuatro antes señalada, sirviesen para configurar determinados detalles de la obra calderoniana, aunque la acción se traslade a Sevilla, donde fue a vivir luego Pedro Mato, y el protagonista no sea realmente médico en la pieza, salvo con carácter metáforico en el título. Queda el argumento básico: un caballero mata a su mujer tras considerar que ha cometido adulterio (real en la realidad, imaginario en la ficción); algunos detalles, como la referencia al “andaluz cordobés”, sugieren que Calderón supo de alguna manera lo que había acaecido en Córdoba, ya por lectura de los Casos, divulgados en varios manuscritos, o por simple transmisión oral. La lejanía temporal en la que sitúa su drama parece ser sólo un recurso para distanciar de alguna manera del espectador de entonces unos hechos que fueron en su momento demasiado dolorosos.
Por suerte, ya en la misma época en que suceden en Córdoba los hechos señalados, que tienen apariencia de históricos, o cuando se escribe la pieza, hacia 1633-1635, cuya acción se sitúa en Sevilla unos tres siglos antes, hay también algunos autores que empiezan a tomar un poco a broma la trágica cuestión de la honra del marido. Tal es el caso del jurado cordobés Juan Rufo, de tan novelesca vida, que escribe en sus Seiscientas apotegmas, de 1596: “Díjose que una mujer adúltera escapó de su marido, por no tener con que matalla. Respondió: ¿teniendo cuernos le faltó con qué?” (16), o el del caballero sevillano don Juan de Arguijo, que comenta en uno de sus Cuentos de tradición oral, recogido antes de 1623: “Decía don Fernando de Guzmán que los cuernos son como los dientes, que al nacer duelen; pero después se come con ellos” (17).
Seguro que, de haber seguido por este camino, la concepción hispánica del honor y la honra hubiera sido radicalmente diferente. Pero el pasado y sus convenciones sociales y culturales son, por desgracia, inamovibles.

NOTAS

1. Aristóteles, El arte poética, trad. José Goya y Muniain, Madrid, Espasa Calpe, 1979, 4ª ed., p. 39.
2. Agustín Pérez Zaragoza, Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas, ed. Luis Alberto de Cuenca, Madrid, Editora Nacional, 1977, pp. 53-54.
3. Pedro Calderón de la Barca, El médico de su honra, ed., D. W. Chuickshank, Madrid, Castalia, 1981, p. 162. Las restantes referencias a esta edición se incluyen en el cuerpo del trabajo mediante la indicación de página.
4. Cfr. José Amezcua, Lectura ideológica de Calderón. El médico de su honra, México, Universidad Autónoma Metropolitana/Universidad Nacional Autónoma, 1991, p. 39.
5. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes/ Crítica, 1998, 2ª ed., p. 581.
6. Aún siguen siendo válida la mayor parte de las apreciaciones de Menéndez Pelayo por lo que respecta a la relación de esta comedia con la de Lope de Vega, cfr. Marcelino Menéndez Pelayo, “El médico de su honra”, en Lope de Vega, Obras. Crónicas y leyendas de España, Madrid, Atlas, 1967, pp. 118-126. Se trata del tomo XX de Comedias de Lope de Vega en la BAE. El texto de la comedia se incluye en el tomo XXI de la misma colección.
7. Agustín de Amezúa, “Un dato para las fuentes de El médico de su honra”, Revue Hispanique, XXI, 1909, pp. 395-411. El artícula se incluye luego en Agustín G. de Amezúa y Mayo, Opúsculos histórico-literarios, Madrid, CSIC, 1952, I, pp. 3-18.
8. Casos notables de la ciudad de Córdoba (¿1618?), pról. Ángel González Palencia, introd. Manuel Ruiz Luque, Córdoba/Montilla, Francisco Baena, 1982, 2ª ed.
9. Ibid., p. 281.
10. Para los datos que siguen cfr. Sala Balust, “El hermano Sebastián de Escabias, J. S., autor desconocido de los Casos notables de la ciudad de Córdoba”, Hispania, 10, 1950, pp. 268-281. Un estudio literario sobre la obra es el de Pedro Ruiz Pérez, “Casos notables de la ciudad de Córdoba: espacios de la diferencia en la narrativa barroca”, Glosa, 5, 1994, pp. 169-201. Sobre el personaje que origina el núcleo básico de la historia cordobesa, cfr. Joaquín Moreno Manzano, “El Dr. Peramato: confirmación de una leyenda”, Boletín de la Real Academia de Córdoba, 98, 1978, pp. 127-152.
11. Casos notables de la ciudad de Córdoba (¿1618?), op. cit., p. 204.
12. Apud Rafael Ramírez de Arellano, Ensayo de un catálogo biográfico de escritores de la provincia y diócesis de Córdoba, Madrid, Tip. de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1922, II, p. 64.
13. Ibid., p. 65.
14. Casos notables de la ciudad de Córdoba (¿1618?), op. cit., p. 205.
15. Vid., Teodomiro Ramírez de Arellano y Gutiérrez, Paseos por Córdoba, Córdoba, Librería Luque, 1998, 8ª ed., p. 431, y Rafael Ramírez de Arellano, Ensayo de un catálogo biográfico de escritores de la provincia y diócesis de Córdoba, op. cit., p. 64.
16. Apud Agustín de Amezúa, “Un dato para las fuentes de El médico de su honra”, Revue Hispanique, op. cit., p. 410, nota 2.
17. Juan de Arguijo, Cuentos que notó don Juan de Arguijo, en Obras completas, ed. R. Benítez Claros, Santa Cruz de Tenerife, Romerman Ediciones, 1968, p. 229.


“El médico de su honra [de Calderón] y su posible fuente cordobesa”, Boletín de la Real Academia de Córdoba, LXXIV, n1 140, enero-junio, 2001, pp. 15-25 (ISSN 0034-060X).

Los Rumbos peligrosos (1683), del judaizante cordobés José Penso de la Vega

© Antonio Cruz Casado

LOS RUMBOS PELIGROSOS (1683) DEL JUDAIZANTE CORDOBÉS JOSÉ PENSO DE LA VEGA.


El día 2 de mayo de 1655 fue quemado vivo en Córdoba Manuel Núñez Bernal; cuando la noticia llega a la floreciente comunidad judía de Amsterdam, los escritores de la misma, entre los que se encontraba el montillano Miguel de Barrios, dedican a su mártir una especie de corona fúnebre titulada Elogios que celosos dedicaron a la felice memoria de Abraham Núñez Bernal, que fue quemado vivo, sanctificando el nombre de su Criador, en Córdoba a 3 de mayo año 5415 . La terrible noticia, junto con otras del mismo jaez, deja huella incluso en los libros de devoción judaica de la época; así, por ejemplo, en una oración para recitarla en recuerdo de los que murieron se dice: "Que Dios, grande, poderoso y temible, se tome venganza por Su santo siervo..., que fue quemado vivo por la santificada unidad de Su nombre. Que Él tome su sangre de sus enemigos con Su poderoso brazo y los castigue de acuerdo con su merecido" .
Por estos años de cruenta persecución religiosa en España, se encontraba preso en los calabozos de la Inquisición el padre del escritor José Penso de la Vega , llamado José de la Vega Pasariño, o Isaác Penso Félix, según su nombre judío. Tras su liberación toda la familia, de la que José era el hijo mayor , se marcha fuera de la península, quizás hacia Italia, puesto que allí en la ciudad de Liorna, donde aproximadamente el 20% de la población es judía , el escritor funda, después de 1676, la Academia de los Sitibundos. Nacido en Espejo, pueblo de Córdoba, en 1650 , el escritor tiene para esa época unos treinta años y aún no ha publicado nada, que sepamos, aunque ya ha compuesto unos Veinte y cuatro discursos académicos, que "recité -dice- en la célebre academia de los Sitibundos, ya en epitalamios, ya en panegíricos, ya en oraciones funerales" , etc., que pudieron integrarse en algunas de sus obras posteriores, aunque no en los Discursos académicos, morales, retóricos y sagrados, que contienen los que recitó en la Academia de los Floridos , aparecidos supuesta-mente en Amberes, pero en realidad en Amsterdam, en 1683 . Según confiesa el propio escritor en el prólogo de Rumbos peligrosos, la primera publicación del espejeño, tiene para entonces en el telar varias obras: "Robo algunas horas al sueño y usurpo algunos ratos al comercio para dar a la emprenta ocho libros que tengo empezados; uno en bosquejo, dos de color muerta y cinco que no le faltan más que tener la conexión y formar el ramillete". Son los siguientes: Psalmos penitenciales, que traduce del italiano, obra de Juan Francisco Loredano; Ducientas cartas, "que escribí a diferentes príncipes y amigos, en diferentes tiempos, en diferentes reinos y sobre diferentes materias"; la Filosofía moral, traducida del italiano, compuesta por Enmanuel Tesauro; Vida de Faustina, traducida del italiano, compuesta por Antonio Lupis; los menciona-dos Discursos académicos; Vida de Adán, "que me cuesta un año de trabajo y tengo ya compuestos ochenta pliegos" y que, en su consideración, "es lo menos malo que he hecho", y Vida de José, "en que trabajé seis meses y ha cinco años que no la leo".
Entre 1683 y 1692 aparecen publicadas todas las obras de José de la Vega, algunas de ellas ilocalizadas para nosotros, quizás perdidas, como un Discurso Académico, Amberes, pero seguramente impreso en Amsterdam, en 1683, la Oración fúnebre en las exequias de su honrado y virtuoso padre don Isaác Penso Félix, la Oración fúnebre en las exequias de su prudente y virtuosa madre doña Ester Penso y La rosa. Panegírico sacro en encomio de la Divina Ley de Moisés, las tres impresas en Amsterdam, por Jacob de Córdoba, en 1683. Las obras conservadas más importantes son, además de Rumbos peligrosos, Triunfos del águila y eclipses de la luna, Amsterdan, Jacob de Córdoba, 1683, los mencionados Discursos académicos, de la misma fecha, Alientos de la verdad en los clarines de la fama, del mismo lugar e impresor, que se supone editados hacia 1687; de 1688 es Confusión de confusiones, impreso en Amsterdam, sin nombre de impresor, e Ideas posibles, impreso en Amberes, Amsterdam en realidad, en 1692, el mismo año de su muerte.
Como hemos ido señalando el pie de imprenta de algunos de estos libros no coincide con el lugar real en que se imprimieron; según la crítica autorizada no se editaron en Amberes, sino en Amsterdam, debido fundamentalmente a problemas con la censura judía. Los libros españoles, portugueses y hebreos de la comunidad sefardita de Amsterdam debían contar con la aprobación de la junta directiva o "Mahamad", que al parecer sólo autoriza-ban obras de carácter religioso y moral, y una de las formas de burlar esta censura era suponer los libros editados en algún lugar fuera de Holanda, donde no llegaba la jurisdición de la "Mahamad". Algo de esto se deja traslucir en el barroco subtítulo de Rumbos peligrosos, en el que se indica por donde navega con título de novelas la zozobrante nave de la temeridad temiendo los peligrosos escollos de la censura. Surca este tempestuoso mar don José de la Vega. La censura judía había atacado fuertemente las obras de otro escritor español, también judaizante, Miguel de Barrios, por considerarlas amorosas, lascivas, y por incluir en ellas referencias a los dioses de la gentilidad; en consecuencia, a partir de 1672, Barrios publica con preferencia, poemas en los que adula a los regentes de su comunidad. De acuerdo con lo señalado, cobra sentido lo que expresa José de la Vega en el prólogo a su primera obra al dejar claro que "los nombres de Fortuna, Hado, Deidad, Prodigio, Soles y Dioses, son hermosura de la retórica y no error de la vanidad. Usan destos hipérboles los poetas, sin asombrar a lo religioso lo florido. Son bizarrías de la erudición, no abusos de la fe".
Daremos una somera idea, condensando numerosas sugestiones de gran interés, acerca de la primera obra del espejeño. De ella se pueden deducir numerosas noticias, los nombres cristianos de los padres, José de la Vega Pasariño e Isabel Álvarez Vega Pasariña, antes de retomar los judaicos Isaác Penso Félix y Esther Penso, su relación con importantes miembros de la nobleza española y la comunidad judía internacional, como el Duque de Béjar, al que está dedicada toda la obra, y que moriría trágicamente en el sitio de Buda unos tres años después , Baltasar Orobio, médico y consejero del rey de Francia, o Manuel de Belmonte , conde palatino del Sacro Imperio y fundador en Amsterdam de la Academia de los Sitibundos, en 1676, y de la Academia de los Floridos, en 1685. Además se ponen de manifiesto también las excelentes relaciones amistosas con Miguel de Barrios, y con su hijo Simón de Barrios, también escritor, puesto que el primero colabora íntimamente en Rumbos peligrosos, hasta el punto de escribir los numerosos poemas intercalados en el libro, puesto que José de la Vega se reconoce poco apto para la ficción y para la poesía; así lo indica expresamente en la dedicatoria a su padre: "Bien sabe V. m. que mi genio es componer sermones, discursos políticos, galanterías cortesanas, advertencias morales, agudezas curiosas y no novelas". De ahí su petición a su amigo Miguel de Barrios de que le escriba los poemas intercalados, según aclara en el prólogo al lector: "También te apunto que los versos, porque tengo más de orador que de poeta, son de mi grande amigo el insigne capitán don Miguel de Barrios, a quien supliqué que me adornase con sus flores los asuntos y bosquejos que le di para ellos". Por otro conducto sabemos que la amistad entre el montillano y el espejeño se rompe algo después, con motivo de un regalo que envía el rey de Portugal, Pedro II, consistente en 500 cruzados, para estos escritores judíos de Amsterdam, que habían cantado sus bodas con María Sofía de Neoburgo, en 1687, y que son disputados por los dos mencionados .
Además tenemos noticia de la agudeza del escritor, Barrios lo llama "muy ilustre y agudo don José de la Vega", y también sabemos de la precocidad del mismo: "el señor don José de la Vega, -escribe Baltasar Orobio- cuyo raro entendimiento excedien-do las leyes de la naturaleza, tocando apenas los primeros años de la adolescencia, no sólo dio admirables esperanzas, sino también sazonados frutos de ingenio, entendió con tanta perfec-ción en la niñez que fue admiración y envidia de los adultos más advertidos. No podía contar tres lustros cuando en actos públicos y académicos congresos ostentó en propios discursos lo más exacto de la oratoria, la retórica más apurada, los mayores quilates de la elocuencia y lo fecundo de la hermosa erudición". Eliminando lo que suele haber de elogio hiperbólico en los textos prelimina-res, sí es cierto que tanto precocidad y fecundidad, como su agudeza, parecen fuera de duda, entendiendo la última en el sentido conceptista que le otorgaron Baltasar Gracián y Quevedo. El gusto por el concepto, por la expresión sutil y sentenciosa, elaborada a base de contrastes y asociación de ideas, se advierte en todos los lugares de su obra, en ocasiones con tal facilidad y abundancia que puede resultar casi enfadosa para el lector actual, pero hay que tener en cuenta que esto se consideraba un rasgo valioso en las convenciones estilísticas de la época.
Rumbos peligrosos está integrada por tres novelas cortas, aunque en las páginas iniciales promete seis, de tal manera que algunos lectores, entre los escasísimos que tiene este autor, han afirmado que el libro consta de seis novelas . Las tres compuestas se titulan Fineza de la amistad y triunfo de la inocencia, Retratos de la confusión y confusión de los retratos y Luchas de ingenio y desafíos de amor, y las tres que pensaba componer son El negro amor y el negro amado, Progne y Filomena y El asombro de las sombras; hay que lamentar especialmente la pérdida, quizá porque no la escribió, de Progne y Filomena, que trataría uno de los temas más trágicos de toda la mitología clásica. La causa por la que no las escribe es la muerte de su padre, acaecida, al igual que la de su madre, el mismo año de 1683, tal como se deduce de los datos bibliográficos de las oraciones fúnebres que les dedica y que hemos mencionado más arriba . Así lo manifiesta expresamente el escritor en una nota final que el llama también prólogo: "parece que se unió con el genio la fortuna obligándome con sus fatales golpes a hacer este prólogo en el fin del libro; y siendo que los prólogos suelen hacerse para lo que se lee y yo hago éste para lo que no se ha de leer, conocerás que se encadenan por mi desgracia las admiraciones y que se desvelan contra mi curiosidad las desdi-chas. Prometí seis novelas y paró en tres el desempeño, porque atajó la muerte de mi venerable padre los impulsos deste vuelo, conque se halla la pluma más pronta a llorar tragedias verdaderas que a maquinar ideas fabulosas".
Sin detenernos en la teoría literaria que sirve de base a la colección, una de las más tardías de todo el Barroco español , ni en la estructura, forma de composición y edición que ha seguido en la elaboración de las mismas, tan desusada, según manifiesta el autor, pasamos a indicar que la segunda de las narraciones mencionadas, Retratos de la confusión y confusión de los retratos, tiene un argumento a caballo de dos pueblos de esta zona cordobesa, Aguilar de la Frontera y, por supuesto, Espejo, cuna del autor. El argumento, sumamente complejo, de carácter amoroso, se basa en la confusión de unos retratos, lo que hace que los protagonistas sean verdaderos retratos o ejemplos de la confu-sión. En un fragmento final podemos encontrar una idea de los sucesos que tienen lugar en la narración, con el que, al mismo tiempo, damos una muestra del estilo tan conceptuoso y elaborado del escritor: "Calló Leonor, pasmó Flora y conocieron Leonardo y Jacinto que, siendo tan parecidas en ser ambas prodigios en el juicio, que hasta en lo extravagante de las persecuciones habían sido parecidas. Leonor, llorando celoso a Leonardo por el retrato de Jacinto; Flora, llorando celoso a Jacinto por el retrato de Leonardo; Flora, herida en un bosque; Leonor, herida en una venta. Flora, arriesgada en poder de Carlos; arriesgada Leonor en poder de Fulgencio, y en conclusión vestida Flora de paje, gozando después de tantos empeños de los brazos de su amado Jacinto, y vestida de paje Leonor, gozando después de tantos riesgos de los brazos de su querido Leonardo. Llegaron a Espejo, [donde] intercedieron parientes, príncipes y amigos" (p. 168).
En cuanto al pueblo de Espejo, su lugar de origen, no encontramos en la novela una descrip-ción de la población, sino pinceladas sueltas sobre la misma; de esta forma, don Leonardo de Guzmán se va "llamado de sus intereses para la vistosa y piramidal villa de Espejo, dejaba en su patria [que es Aguilar de la Frontera] rendida el alma a doña Leonor de Ayala" (p. 66).
Miguel de Barrios hace una indicación curiosa en un poema que se añade al final la obra: "Confusión del capitán don Miguel de Barrios, aludiendo a la Confusión de los retratos que termina don José de la Vega en la Villa de Espejo", donde no hay que entender que el escritor la escribiese en esta villa, de la que se había alejado hacía mucho tiempo, sino debido a que los protagonistas vienen a confluir con su trama o a terminar en este lugar. Hay finalmente diversas menciones de carácter mitológico y cultural, un tanto ambiguas, al término "espejo" en este poema de Barrios, que son, posiblemente, alusiones veladas al lugar que vio nacer a José Penso de la Vega.
No es éste, sin duda, un escritor de gran trascendencia en el contexto general de los autores del barroco español; su lugar relevante lo encuentra entre los judíos sefardíes de Amsterdam, junto con Miguel de Barrios, entre los que se considera una personalidad de prestigio y de gran valor intelectual, en un momento en que la cultura judía alcanza su período de esplendor. Pero no merece tampoco la pesada losa del olvido que durante mucho tiempo, debido sobre todo a su condición religiosa, ha gravitado sobre su persona y su obra. Con todo, parece interesante rescatar en lo posible una contribución cultural, la de José Penso de la Vega, digna y curiosa, que en otros lugares y en otros contextos, fundamental-mente económicos, ha sido ya realizada; no en vano el escritor espejeño es uno de los primeros que divulgan algo tan actual e importante como la bolsa, cosa que hace en el libro Confusión de confusiones, subtitulado Diálogos curiosos entre un filósofo agudo, un mercader discreto y un accionista erudito, describiendo el negocio de las acciones, su origen, su etimología, su realidad, su juego y su enredo. Pero esta aportación merece más detenimiento y más tiempo del que disponemos en esta ocasión.


APÉNDICE


Como muestra del estilo e inventiva de José de la Vega, hemos seleccionado un fragmento del principio de su novela Retratos de la confusión y confusión de los retratos, en el que hemos actualizado las grafías que no tienen interés fonético y corregido erratas, adaptando igualmente la puntuación y el uso de las mayúsculas a las normas actuales. Entre [ ] se indica el número de página correspondiente.
En este fragmento se nos presenta el lugar donde se inicia la acción, Aguilar de la Frontera, lo que da pie al autor a hablar del Marqués de Priego, con numerosos elogios del mismo. Luego presenta a Leonardo, que en el momento de despedirse de su amada, Leonor, descubre que ella tiene el retrato de un hombre, lo que supone es señal de haberlo traicionado. La insulta en un largo parlamento y se marcha hacia Espejo, dejando a la dama sumida en un estado de desesperación.
Anotamos en el mismo algunos términos y expresio-nes, de origen mitológico y cultural, así como determinadas construc-ciones estilísticas.

[p. 65] Es Aguilar fértil y hermosa villa del invicto Marqués de Priego , que teniendo el águila por empresa, tiene por empresa de su valor fijar como real águila en los más radian-tes soles los ojos , sin perder entre sus rayos el menor átomo de sus luces. Y si los cronológicos más selectos afirman haber sido Marco Bruto el primer héroe que tuvo el águila por divisa , divisa hoy con espanto la emulación verla biza-rrear ufana, no en un Marco Bruto, sino en un Marqués discre-to, que pudiendo servir de marco al mayor peso, que en sus hombros atlánticos rige Astrea, sirve de marco al portentoso retrato de la eternidad, mostrando que, cual otro Júpiter que, teniendo por empresa el águila, brotó de su cabeza a Minerva , produce este ínclito Alcides de su cabeza a Palas , siguiendo tan inauditos rumbos para la gloria que, atrayendo trofeos a la suspensión, erige templos a la singulari-dad.
Este centro del placer, como tiene de águila el nombre, era fuerza que, como a su célebre numen , rindiese la fertilidad, en apacible holocausto, a quien siendo en las [p. 66] armas águila en lo perspicaz tiene el águila por armas, y siendo escudo de méritos sin dicha, tiene el símbolo de la generosidad por escudo; que si Júpiter se convirtió en águila, por Asteria , este prudente Numa se convirtió por la divina Astrea en águila, que no apartando del soberano sol de la justicia los ojos, une en maravilloso lazo los compasivo y lo recto, y forma un vínculo agradable de justo y piadoso.
En este, pues, ameno jardín de la Andalucía, donde compitiendo la opulencia con la amenidad se duda si vence lo delicioso o si triunfa lo fecundo, vivía el gallardo y discreto don Leonardo de Guzmán, joven en quien concurrían todas aquellas partes que a un caballero de su calidad pueden servirle de adorno a la progenie y de esmalte a la obstentación. Llamado de sus intereses para la vistosa y piramidal villa de Espejo, dejaba en su patria rendida el alma a doña Leonor de Ayala, dama que vinculando en lo hermoso lo modesto daba en lo afable asombros al orbe, en lo bello suspensiones a la Fama y en lo prudente horrores a la imita-ción . Prodigio de su sexo era en el juicio, y así los jui-cios más realzados la llamaban por antonomasia el Prodigio.
Correspondía esta graciosa Talía con agrado a Leonardo, y pasado el término de cariñosa a la raya de amante en decorosos halagos había entregado su recato [p. 67] al silencio, su honestidad al amor y su gusto a la esperanza. Despidióse della su adorado dueño, con tan finas demostraciones de tierno y tan expresivos hipérboles de afectuoso que, o imitando o compadecien-do, empezó la enternecida ninfa a formar caudalosos torrentes de los ojos ; y porque no inundasen con rápidas corrientes la vista, sacó un pañuelo que, queriendo aplicar airosa al rostro, o intentaba hacer más compasivo el llanto o disfrazar con más alentada gala el dolor. Mas apenas llegó el blanco lienzo a recatar el incendio con que coloreaban purpúreas llamas los ojos, (porque no se juzgase que lo que era arderse en lo que sentía fuese avergonzarse de lo que lloraba), cayendo dél un retrato y un papel, quedó haciendo tan propio papel de retrato Leonardo que, pareciendo pintado en lo inmóvil, estaba asombrado en lo confuso.
Levantólo con trémula mano, entre receloso y turbado, y mirando a Leonor, ya como admirado, ya como quejoso, vio que el retrato era de un hombre, tan majestuoso como gallardo, y que el papel contenía, sin firma, ni sobrescrito, la exageración de un martirio tan desvelado como rendido .
Él indeciso, ella pasmada, apretando las manos y arqueando los ojos, en actos de suspensión y de perplejidad, ni ella se atrevía a vocear la disculpa, ni él se resolvía a condenar el accidente. Venció, en fin la pasión a la confianza, triunfaron de la experiencia los celos, rindióse el juicio al accidente, y [p. 68] acreminando como loco su facilidad, oprobiando como desespe-ra-do su ligereza y vituperando como furioso su fingimien-to, salió impetuoso a la calle, teniendo por descrédito de su heroicidad teñir el puñal en su infame pecho, para que no pareciese que lo que era carmín, para avergonzar como exacrable su delito, fuese púrpura, para adornar como regia su ofensa.
- Quédate -le dijo al salir-, quédate ingrata, quédate desleal, quédate áspid, sierpe, hidra, arpía, víbora; quédate a ser espejo de la vileza, columna de la inconstancia y ejemplar de la infidelidad. Antepondré a lo interesable lo primoroso, y vagando sin sosiego por las regiones más remotas, procuraré que este compuesto miserable que había erigido mi fineza por venerando simulacro de tu genio se transforme [en] piedra de toque para mi sufrimiento, en piedra de túmulo para mi gusto. Y ya que hasta las piedras se exaltan contra mi constancia, seré piedra de escándalo en los horrores y piedra imán tan prodigiosa que, si arrebató el yerro de mi lealtad, sea calamita de alguna bala intempestiva que me sirva de Atropos a la vida y de lisonja a la pena. No necesito ya de ir a Espejo, teniendo delante un espejo de todo lo más horrible que puede apercibir la cogitación más cobarde en sus objectos y un espejo de todo lo más fiero que puede representar la naturaleza más monstruosa en sus errores. Espejo de acero, que con mortal acero atrave-saste el pecho de quien, a despecho de inconvenientes y a [p. 69] pesar de peligros, siempre fue espejo de fidelidad en lo amante y, con despejo de galán, atendió a los primores de esposo. Quédate ya a ser vergonzoso triunfo de la inexorable deidad alada por lo inconstante y ciega por lo desatento, que militando debajo del estandarte de su encantada escuadra equivocarás con tan indife-rentes parcialidades la preminencia que no distinga la más aguda atención, si la excedes en lo ingrato o si la vences en lo mudable. Quédate hidra lernea, hircana tigre, líbica fiera ; quédate a ser retrato del camaleón en lo variable, en lo mortífero del basilisco y del cocodrilo en lo engañoso. Lágrimas falsas, lágrimas fingida, lágrimas traidoras, quedaos a formar un horroroso Estigio , por donde navegue a un infierno de tormentos mi alma, y un Lete formidable, en que de vuestra venenosa origen se olvide para eterno mi memoria. Que yo, alternando enojos de ofendido con ofensas de airado, huiré de saber jamás nuevas de objecto tan aleve, y más presto viviré entre los bosques como fiera que de fiera tan cruel procure noticias de cariñoso, sino disgustos de desesperado, pesares de enemigo y lástimas de inhumano.
Cual quedaría la inocente Leonor, viendo partir a su amado Febo, después de desacreditar su recato con ultrajes tan sensibles a su honestidad y desdoros tan arriesgados a su fama, considérelo aun el jeroglífico de la insensibilidad misma; que la elocuencia, siendo ya despojo [p. 70] de la admiración, retirada calla lo que muda exagera.
Las Euménides, o infernales furias de Cocito , parecerían ángeles a vista de sus monstruosas exageraciones. Padecían las manos, consignadas a la voracidad de los dientes, la culpa de su desgracia y la pena de sus desdicha. Nerones eran de sus mejillas los dedos y verdugos de sus sienes las piedras. Las trenzas, libres de la prisión de las colonias , después de amenazar con encrespadas olas un diluvio de zozobras al pecho, en competencia de las de Semíramis , salían sin alivio a la cruel batalla, que les estaba publicando la desesperación con escuadrones tumultuo-sos de pesares y horríferos batallones de martirios.
Venus parecía naciendo entre aquellas tempestuosas ondas; mas Venus tan diferente de la hermosa Venus que aquélla tenía las gracias por hijas y ésta tenía por hijas las desgracias. Más bella, cuanto más impaciente, pudieran servirle los cabellos, no como a las matronas romanas, de cuerdas para los arcos de los Martes, sino de cuerdas para los arcos de los Cupidos; que si los mitológicos pintaron a Venus con un peine en la mano, a ella no le faltaba más que el peine en la mano para parecerse a Venus, aunque si sepultaba en la mano los dientes, algo tenía en la mano de peina .
Hecho un volcán el dolor y un Etna la vista, arrojaban incendios por los ojos, excediendo a los Vesubios en las llamas y superando a los Mongibelos en los ardores. Ya entre pálidos desmayos [p. 71] suspendida, ya entre purpúreas rosas abrasada, no sabría el Protogenes más decantado retratar su semblante, con más mudanzas que Proteo , más metomorfoseos que Aque-lóo , más transformaciones que el pulpo y más colores que la vistosa hija de Tamante ; y sólo tomando por objecto el tipo de la mutabilidad saldría parecida la efigie y campearía rara la imagen. Cada punto pasaba de brasa a nieve y cada instante volvía de azucena a rayo. Cual Cipariso pedía que fuese incesable su llanto, y cual Medusa , que tenía serpentinas las guedejas (como si temiese que comunica-sen el tósigo a las míseras reliquias de su belleza), arrojada las arrancaba con la mano y arrojadas las entregaba al aire.
Ilustrando la opinión de Heráclito y Cratilo , que negaban la quietud, no hallaba reposo para su ansia, ni deseaba sosiego para su vida. No sabía qué retrato pudiese ser aquél, ni comprehen-día quién pudiese haber traído a su poder aquel papel y aquel retrato. Había mirado el carácter , había reparado en la pintura, y no conocía ni del retrato la cara, ni del papel la mano .

(Inédito en la versión completa)